Una novela erótica y cómica que arranca con una escena de deseo desatado en el pasillo de frutas de un supermercado nocturno y enseguida revela su verdadero terreno: la mesa de un café de Sydney donde cuatro amigas leen, juzgan y alimentan…
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Una novela erótica y cómica que arranca con una escena de deseo desatado en el pasillo de frutas de un supermercado nocturno y enseguida revela su verdadero terreno: la mesa de un café de Sydney donde cuatro amigas leen, juzgan y alimentan esa misma ficción. Entre lo que se escribe, lo que se vive y lo que se calla, el libro convierte el apetito —sexual, literario, gastronómico— en el hilo que une confesión y fabulación.
La obra abre con un relato dentro del relato. En un supermercado casi vacío, bajo la luz polar de los fluorescentes y el zumbido de las cámaras frigoríficas, una mujer llamada Ava recorre la sección de frutas y verduras entregada a un juego privado que un vigilante llamado Adam observa desde detrás de un expositor. Lo que empieza como voyerismo se convierte en negociación de poder: órdenes, insultos formulados enteramente con vocabulario de despensa, un látigo que aparece y desaparece del bolso, y una inversión de roles que llega justo antes del aviso de cierre por megafonía. La escena es explícita, pero su tono es paródico y goloso más que solemne: el sexo se narra como si fuera una carta de platos.
El segundo movimiento retira la cámara y muestra quién sostenía la pluma. En un café de Darlinghurst, una mañana de sábado en Sydney, cuatro amigas desayunan mientras comentan ese texto recién leído en voz alta. Philippa, su autora, trabaja media jornada en una oficina gubernamental y dedica el resto a escribir erótica; se declara devota del vicio y el voyerismo y sostiene que su vida sexual es plena, aunque transcurra sobre todo en la imaginación. Helen, profesora universitaria y crítica de cine feminista, mide el relato con las categorías de su oficio y discute si la pornografía admite o no una lectura emancipadora. Chantal, editora de una revista de modas, aporta glamour, cigarrillos y fantasías de coronación. Y Julia, fotógrafa, apenas escucha: está reviviendo, escena por escena, la noche que acaba de pasar con Jake.
Ese recuerdo se despliega como segunda narración erótica del libro, y funciona en espejo con la primera. Jake es un músico de veintidós años, sin dinero, de temperamento lacónico y encanto despreocupado; Julia tiene treinta y dos y una experiencia que él no imagina. El encuentro —cena india, taxi, dormitorio— se cuenta con la misma gramática culinaria que el relato de Philippa: entrantes, plato principal, sobremesa. Pero aquí el humor se afila con algo más incómodo: la diferencia de edad, el desliz de una película antigua vista en la cama, un apodo susurrado que hiere sin querer. Julia decide no contarle nada a sus amigas, no por pudor, sino por una sospecha muy concreta: que todo lo que diga terminará convertido en literatura ajena.
Ese es el nervio del libro. La conversación del café no es un marco decorativo sino el laboratorio donde se discute el título del cuento, se buscan los ingredientes reales detrás de la ficción y se defiende, entre risas, la coartada de que todo procede de la imaginación. La escritura erótica aparece como práctica social —se lee en público, se somete a votación, se corrige— y también como forma de depredación afectiva: escribir sobre el deseo obliga a extraerlo de alguna parte, y las amigas saben que ellas son la despensa.
El resultado es una comedia sexual de registro doble: por un lado, escenas gráficas y sin coartadas líricas; por el otro, una crónica precisa de un ambiente urbano y de una generación de mujeres que hablan de deseo con la misma soltura con que piden otro café con leche. Sydney a mediados de los noventa —su fauna de bares, sus talleres literarios, sus revistas de moda, su carnaval— proporciona un escenario donde la ironía protege y expone a partes iguales. Bajo la broma continua de la metáfora gastronómica late una pregunta seria sobre quién tiene derecho a narrar el placer de otros, y qué se pierde cuando la experiencia se convierte en material.