Una cómica española afincada desde hace más de veinte años en Estados Unidos sube al escenario de un club neoyorquino la noche en que el humor de todo un país ha quedado secuestrado por un solo tema, y al mismo tiempo viaja de vuelta al…
Descargar
Una cómica española afincada desde hace más de veinte años en Estados Unidos sube al escenario de un club neoyorquino la noche en que el humor de todo un país ha quedado secuestrado por un solo tema, y al mismo tiempo viaja de vuelta al pueblo costero donde acaba de morir su madre. La novela alterna el monólogo —afilado, incómodo, consciente de sus propias trampas— con el regreso a una casa donde el chiste ya no protege de nada: el tanatorio en lo alto de la colina, un padre que envejece sin haber aprendido a vivir solo y una habitación de adolescencia intacta, con los pósters recolocados milimétricamente por unas manos que ya no están.
Nora lleva más de dos décadas fuera. Se marchó siendo casi una niña a base de veranos de intercambio, estudió cine en el sur de Estados Unidos y descubrió la comedia en el coche de un amigo, entre cintas de casete, cervezas y actuaciones gratuitas en boleras, sótanos, aparcamientos y restaurantes chinos. Ahora escribe los chistes que dicen otros, y desde hace tiempo se ha acostumbrado a anestesiar cualquier sentimiento que pueda hacerle daño. Hasta que muere su madre.
El libro se construye sobre dos movimientos que se persiguen. En uno, una sala de ochenta personas espera a que la cómica coja el micro en una noche en la que la sátira política lo ha devorado todo y ya nadie hace chistes sobre chistes. En el otro, un aeropuerto, un vuelo y una carretera mal asfaltada llevan a un tanatorio levantado sobre la colina desde la que se ven la ría, el puerto, el mar y las dos localidades que se disputan el municipio. Los capítulos se van alternando sin costuras: una frase de escenario cede el paso a la barra de la cafetería del tanatorio, y el luto se cuela dentro del monólogo como una interferencia que la narradora no consigue apagar.
Sobre las tablas, la voz es implacable y a la vez tramposa. Va contra el público que le da la razón antes de escucharla, contra el progresismo que gentrifica los sentimientos ajenos, contra el activismo estético y contra la corrección que se aplica a sí misma con una mano y se salta con la otra. Interpela a una espectadora, provoca, se disculpa, se contradice, se ríe de su propio privilegio y confiesa que sentirse bien haciendo el bien también la incomoda. Es un humor que no busca la simpatía y que expone su propia mecánica: la comedia como forma de reclamar atención cuando no hay ningún motivo para merecerla.
En el pueblo, en cambio, no hay público. Está el padre —dentista jubilado, criado con servicio doméstico, internado y colegio mayor; un hombre brillante para lo suyo y emocionalmente inútil para todo lo demás—, que nunca ha usado un cajero automático porque siempre hubo alguien que lo hiciera por él. Están el cajón de la mesilla lleno de medicamentos, la lasaña gratinándose, el alcohol de romero, unos pies que hay que masajear. Y está la ausencia concreta de la madre, que aparece menos en los recuerdos que en los gestos que dejó hechos: una habitación repintada, unas fotos de revelado, unas estanterías de cintas de VHS sin polvo.
La novela mantiene una ambigüedad fértil sobre ese escenario: si la actuación ocurre, se recuerda o se ensaya en la cabeza de quien la cuenta, importa menos que lo que revela. El monólogo es la armadura; el regreso, la intemperie. Entre ambos, un retrato de la comedia como oficio y como coartada, de la distancia como método para no sentir, y de un territorio del norte de España donde los tanatorios y los bares se han convertido en la verdadera lengua común de una comunidad que envejece y se vacía. Una voz narrativa reconocible desde la primera línea: rápida, digresiva, cruel consigo misma, capaz de pasar del chiste incómodo a la ternura sin pedir permiso.