Un ensayo académico que reconstruye cómo el manga narrativo moderno surgió no de una tradición gráfica japonesa milenaria, sino de la masiva importación y traducción de tiras cómicas estadounidenses durante las décadas de 1920 y 1930.
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Un ensayo académico que reconstruye cómo el manga narrativo moderno surgió no de una tradición gráfica japonesa milenaria, sino de la masiva importación y traducción de tiras cómicas estadounidenses durante las décadas de 1920 y 1930.
Este libro traza el origen del cómic narrativo japonés a partir de un hallazgo poco explorado: entre los años veinte y treinta, cientos de miles de lectores japoneses siguieron en sus periódicos y revistas las aventuras traducidas de personajes estadounidenses como Jiggs y Maggie, Mutt and Jeff, Happy Hooligan, Félix el Gato o los Katzenjammer Kids. El autor sostiene que la verdadera revolución no fue estilística sino conceptual: la incorporación del llamado contenido “transdiegético” —el globo de diálogo, las líneas de movimiento, los recursos que traducen a imagen fenómenos no visuales como el sonido— que convirtió la historieta en un medio genuinamente audiovisual, capaz de mostrar personajes que conversan y se mueven en la página sin necesidad de un narrador externo. Antes de llegar a Japón, ese lenguaje había tardado años en gestarse en Estados Unidos, como respuesta cultural a la aparición del fonógrafo y el cine, tecnologías que por primera vez permitieron grabar y reproducir sonido y movimiento. El relato recorre ese proceso desde los experimentos pioneros de finales del siglo XIX en la prensa neoyorquina hasta su consolidación como fórmula narrativa, para luego mostrar cómo, al desembarcar en Japón, este nuevo lenguaje fue adoptado con entusiasmo por editores y dibujantes locales, dando lugar a una generación de autores japoneses —entre ellos un joven Tezuka Osamu— que heredaron y reelaboraron esa gramática visual. Con ello, la obra cuestiona el mito, sostenido incluso por instituciones culturales, de un manga que evoluciona en línea recta desde los rollos pictóricos medievales y los bocetos de Hokusai, y propone en cambio entender el cómic japonés y el estadounidense contemporáneos como ramas de una misma historia compartida, más parecidas entre sí de lo que sus públicos suelen imaginar.
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