Inglaterra, 1348: mientras la peste negra empieza a devorar el país, un grupo heterogéneo de viajeros —un vendedor de reliquias con el rostro marcado, un mago, un músico y su aprendiz, un cuentacuentos tullido, una pareja de fugitivos, una…
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Inglaterra, 1348: mientras la peste negra empieza a devorar el país, un grupo heterogéneo de viajeros —un vendedor de reliquias con el rostro marcado, un mago, un músico y su aprendiz, un cuentacuentos tullido, una pareja de fugitivos, una partera y una niña albina que lee las runas— se ve forzado a compartir camino y secretos en una huida donde cada mentira puede costar la vida.
En el verano de 1348, cuando la Gran Peste toca por fin las costas inglesas, el país entero se convierte, según se cuenta, en apuesta de un juego entre el cielo y el infierno. La novela arranca con la imagen brutal de un pueblo dispuesto a enterrar viva a una mujer con una mordaza de hierro, convencido de que sólo así podrá contener un mal que no sabe nombrar: el miedo se ha vuelto tan contagioso como la enfermedad misma.
El relato lo conduce Camelot, un vendedor ambulante de reliquias religiosas —huesos falsos, agua bendita embotellada, mechones de santos— cuya cicatriz en el rostro sirve, paradójicamente, como sello de autenticidad ante sus clientes. En la feria de San Juan de Kilmington se cruza con Narigorm, una niña de cabello y piel casi sin color, azotada sin piedad y capaz de leer el destino en runas con una frialdad que inquieta a quien la escucha. Ese mismo día, a varias millas de allí, un marinero desconocido cae fulminado en un mercado de Melcombe, con el cuerpo cubierto de manchas negruzcas: la peste ha desembarcado.
A partir de ahí, la historia sigue a un grupo dispar que el azar y la necesidad de huir de la epidemia van uniendo en el camino: el propio Camelot, un mago itinerante, un músico y su joven aprendiz al servicio de un señor que ya no los necesita, un cuentacuentos que arrastra su cuerpo maltrecho, una pareja de adolescentes que huye de algo que no confiesan, una partera curtida por los partos y los entierros, y la propia Narigorm, cuyas profecías —verdaderas o no— empiezan a sembrar la discordia entre quienes comparten hoguera y camino. Cada uno de ellos oculta un pasado, y en un mundo donde la verdad puede matar tanto como la mentira, el grupo deberá decidir cuánto de sí mismo puede permitirse revelar mientras la enfermedad, y la sospecha, avanzan a su misma velocidad.
Con una prosa que alterna la crónica costumbrista de una feria medieval con la tensión creciente del horror que se avecina, la obra construye un retrato coral de la superstición, la fe fabricada y la supervivencia en la Inglaterra del siglo XIV, donde la frontera entre el embuste piadoso y la verdad letal resulta, una y otra vez, imposible de trazar.
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