Una mujer israelí cruza media Europa para ver por primera vez a sus nietas, y lo hace desde la acera de enfrente: las ventanas bajas de un barrio de Groninga le devuelven a su hija Leah moviéndose por una casa cálida, ajena, intacta sin…
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Una mujer israelí cruza media Europa para ver por primera vez a sus nietas, y lo hace desde la acera de enfrente: las ventanas bajas de un barrio de Groninga le devuelven a su hija Leah moviéndose por una casa cálida, ajena, intacta sin ella. No llama a la puerta. Espera a que anochezca, mira unos minutos y toma el tren de vuelta. Desde ese gesto —parte vigilancia, parte súplica muda— la narradora reconstruye los años en que amar a su hija le resultó lo más fácil del mundo, y busca el punto exacto en que esa facilidad se convirtió en muro. Un relato sobre la maternidad como oficio sin manual y sobre los daños que se cometen con la mejor intención.
Todo empieza con una mujer parada en una calle residencial de Groninga, avergonzada de lo poco que le ha costado llegar hasta allí y de lo fácil que resulta mirar. Dentro de la casa están sus nietas, Lotte y Sane, que no la conocen; está Johan, el yerno, de espaldas, preparando la cena; y está Leah, su hija, atravesando las habitaciones cortada por la cruz de las ventanas, como si pudiera cruzar las paredes. La escena dura minutos. La narradora no llama al cristal, vuelve a Ámsterdam esa misma noche y, en un vagón demasiado iluminado para dormir, se pregunta qué es exactamente lo que acaba de hacer.
De ese hueco nace el libro. La narradora —diseñadora gráfica, viuda de Meir desde hace seis años— retrocede a la infancia de Leah y la examina con la minuciosidad de quien revisa un negativo buscando el defecto que ya estaba ahí. Recuerda a la bebé casi translúcida de las primeras fotos; los apodos, la sirenita de niebla, las ganas de comérsela a besos; la euforia de una maternidad que ella misma se inventó, deliberadamente distinta de la que recibió de su madre, enfermera durante cuarenta años y experta en temer lo que se sale de lo normal. Recuerda también las noches en que Meir volvía de la universidad y se tiraba al suelo a jugar con la niña, y ella se quedaba mirándolos desde el sofá, fascinada y fuera de cuadro.
El relato avanza por acumulación de escenas mínimas y devastadoras: la vecina Ora, que desde un atentado no vuelve a subirse a un autobús; una semana de vacaciones en un pueblo alemán junto a un campamento de caravanas donde nadie tiende ropa interior ni levanta la voz; un grito lejano —«Leah, komm her!»— que hace que los tres se cojan de la mano y se alejen deprisa, convencidos de su suerte; una última partida al Memory en la que una niña miente por una carta y la verdad, defendida con calma por el padre, deja una grieta que la madre no sabrá cerrar. Nada catastrófico ocurre. Ese es justamente el argumento.
La narradora piensa a través de lo que lee. Una mujer de Dublín cuyas hijas nunca salen solas; una francesa cuya hija escribe en un diario que quizá la quisieron demasiado, y con sentimiento maternal más que con amor verdadero; una anciana canadiense que pide a su hija Elaine un perdón que ninguna de las dos sabe nombrar. Esos libros ajenos funcionan como radiografías prestadas: le permiten decir lo que sobre sí misma no consigue formular, porque escribir sobre Leah, confiesa, la enfrenta con los límites del lenguaje. Habría querido hacerlo sin palabras, y no se puede.
Con una prosa contenida, atenta al detalle doméstico y sin ninguna concesión a la autoindulgencia, esta es la crónica de un amor sin fisuras aparentes que produjo, aun así, una distancia irreparable. No busca culpables ni ofrece absolución: se limita a mirar de cerca —como quien mira por una ventana ajena— esos errores fáciles de cometer que nadie perdona, y a preguntarse si querer mucho a alguien alcanza para saber quererlo.
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