Un terapeuta del sueño convertido en investigador propone mirar el insomnio con lentes evolutivas: si nuestros cuerpos se formaron en la prehistoria, quizá el problema no sea dormir poco, sino esperar lo que nunca fuimos.
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Un terapeuta del sueño convertido en investigador propone mirar el insomnio con lentes evolutivas: si nuestros cuerpos se formaron en la prehistoria, quizá el problema no sea dormir poco, sino esperar lo que nunca fuimos. A partir de hallazgos arqueológicos, estudios sobre recolectores contemporáneos y su propia experiencia con noches en vela, el libro reconstruye cómo descansaban los antiguos y usa ese pasado para desarmar mitos actuales, entre ellos la regla de las ocho horas.
Todo empieza con una contradicción incómoda: de día atendía a pacientes con insomnio; de noche, el insomnio lo atendía a él. Esa vergüenza personal —confesada sin adornos— es el motor de una investigación que va del consultorio a la prehistoria. Si los Homo sapiens llevamos cientos de miles de años sobre la Tierra y apenas diez mil viviendo en ciudades, con la electricidad y las pantallas como recién llegadas, tal vez muchas de nuestras dificultades nocturnas no sean fallas del individuo sino desajustes entre un cuerpo antiguo y un mundo nuevo.
El recorrido arranca por las camas más viejas que se conocen: lechos de hierba, ramas y hojas, guarnecidos con plantas repelentes y renovados a fuego para ahuyentar insectos, usados también como mesa de trabajo. Sigue por la dieta y el movimiento —más proteína, menos azúcar, miles de pasos diarios que hoy no damos—, y no idealiza: también hubo alcohol, nicotina y sustancias psicoactivas mucho antes de lo que uno imagina. De ahí pasa a las hipótesis que hoy discute la ciencia del sueño: la del centinela, según la cual dormir en grupo era posible porque alguien vigilaba; la del abuelo insomne, que convierte el descanso frágil de los mayores en una ventaja para la tribu; la del sueño social, que explica por qué la flexibilidad para dormir en distintos horarios y lugares ayudó a colonizar climas hostiles.
Los datos de campo son el corazón del argumento. Actigrafía sobre recolectores de Tanzania, Bolivia, Namibia y Madagascar muestra noches de menos de siete horas, despertares largos y siestas breves. La diferencia decisiva no es cuánto se duerme, sino qué se hace con la vigilia: allí nadie considera un problema estar despierto de madrugada. La preocupación, sugiere el autor, desvela más que el desvelo.
El libro se ocupa además de los sueños, el descanso fragmentado, el sonambulismo, la medicación, la luz y la temperatura como relojes del cuerpo, y el vínculo entre dormir, el humor, el deseo y la salud. Su propósito declarado no es entregar otra lista de consejos, sino explicar el porqué: entender el origen de cada mecanismo para dejar de pelear contra la propia noche. Advierte, eso sí, que aborda insomnio, sueño tardío y parasomnias, no trastornos como la apnea o la narcolepsia.