Adele Faber y Elaine Mazlish reunieron una década de talleres para responder a una petición insistente de sus lectores: un manual práctico sobre comunicación familiar.
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Adele Faber y Elaine Mazlish reunieron una década de talleres para responder a una petición insistente de sus lectores: un manual práctico sobre comunicación familiar. El resultado es un libro de habilidades concretas —escuchar con atención, nombrar lo que el niño siente, conceder deseos en la imaginación— acompañadas de ejercicios, diálogos modelo e ilustraciones. Su premisa es simple y exigente: cuando los sentimientos de un niño se aceptan, su conducta y su capacidad de resolver problemas cambian.
Todo empieza con una resistencia. Sus autoras, formadas en los talleres del psicólogo Haim Ginott, habían decidido no escribir nunca un libro de «cómo hacerlo» sobre la relación entre padres e hijos: les parecía un terreno demasiado íntimo para recibir instrucciones. Fueron las cartas —de Estados Unidos, Francia, Canadá, Israel, Nueva Zelanda, Filipinas, la India— las que les hicieron cambiar de opinión. Una lectora de Nueva Delhi lo formuló sin rodeos: las viejas formas ya no le servían y aún no poseía las nuevas. Ese callejón sin salida es el punto de partida de la obra.
Lo que sigue es un método de aprendizaje más que un tratado. Cada capítulo alterna explicación, ejercicios para completar por escrito, diálogos comparados —la conversación tal como suele ocurrir frente a la conversación tal como podría ocurrir—, escenas para representar con otra persona, viñetas ilustradas y páginas de recordatorio pensadas para colgarse por la casa. Las autoras piden que se lea despacio, con una semana de práctica entre capítulo y capítulo, porque a ellas mismas les llevó más de diez años asimilar estas ideas.
El primer bloque se dedica a los sentimientos. La tesis es que negar lo que un niño siente —«no puedes estar cansado», «tu fiesta fue maravillosa»— no calma nada: le enseña a desconfiar de su propia percepción y convierte cada intercambio en una pelea. Frente a eso, cuatro habilidades sencillas y difíciles: escuchar en silencio y con atención, responder con una sola palabra, poner nombre a la emoción, conceder en la imaginación lo que no puede darse en la realidad. Un ejercicio memorable invierte los papeles y sitúa al lector adulto ante un jefe injusto y ocho amigos que intentan consolarlo con consejos, filosofía o psicoanálisis improvisado, para que descubra en carne propia qué respuesta alivia y cuál irrita.
El tono es personal y sin sermones. Las autoras narran sus propios tropiezos domésticos, responden a las preguntas más frecuentes que reciben y recogen historias de quienes pasaron por sus grupos. La distinción que sostiene el conjunto —todos los sentimientos pueden aceptarse, ciertas acciones deben restringirse— extiende su utilidad más allá del hogar: maestros, personal sanitario y cualquiera que trate con niños encontrarán aquí un lenguaje que busca preservar la dignidad de ambas partes.
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