Helen lleva cuatro años esperando: lunes, miércoles y jueves, dos horas de reloj, hasta que Matthew se levanta de su cama y regresa con su mujer y sus dos hijas.
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Helen lleva cuatro años esperando: lunes, miércoles y jueves, dos horas de reloj, hasta que Matthew se levanta de su cama y regresa con su mujer y sus dos hijas. Jane Fallon construye con esa espera una comedia amarga sobre el autoengaño amoroso, narrada desde el lado de la historia que suele quedar fuera de campo. Una novela sobre lo que ocurre cuando el deseo insiste en llamarse destino y la vida, mientras tanto, sigue pasando en otra casa.
La primera escena de la novela es un pequeño truco perfecto: una habitación a oscuras, un reloj que marca las ocho y cuarto, un hombre que se viste deprisa porque llega tarde. Solo unas líneas después el lector descubre que no es la mañana sino la noche, que Matthew no va al trabajo sino a cenar a su casa, y que la mujer que se queda bajo el edredón —Helen— no es la esposa. Ese desplazamiento mínimo contiene el libro entero: todo lo que parece una vida en común es, visto de cerca, su reverso.
Helen quiso tres cosas: un buen puesto en relaciones públicas, un piso propio y un hombre que fuera solo suyo. Tiene, en cambio, un empleo de asistente personal que sus amigas insisten en llamar secretaria, un alquiler de una habitación cerca de Camden con una grieta en el techo que crece y una mancha de humedad en el baño, y a Matthew Shallcross —su antiguo jefe, veinte años mayor, casado— tres noches por semana. La promesa de que dejará a Sophie tiene ya cuatro años de antigüedad y ni un solo fin de semana de cumplimiento.
Fallon reconstruye con precisión el itinerario que lleva hasta ahí: un compromiso roto que dolió más como fracaso que como pérdida, la decisión defensiva de dejar de analizar las oportunidades y aceptarlas, un almuerzo en el que una mano cruza la mesa. Y después la mecánica del deterioro: la ropa interior elegida con cuidado que deja de importar, el sexo que cede paso al sueño, el ascenso que se evapora cuando él pide cambiar de asistente y Recursos Humanos saca sus propias conclusiones. Helen bautiza cada etapa con nombres generosos —el «periodo nirvana»— para no llamarla por el suyo.
El acierto estructural del libro es no dejarla sola en el relato. La novela cruza el umbral de Kentish Town y se sienta a la mesa de los Shallcross: Sophie, matemática brillante que gana más que su marido y organiza su jornada para estar en casa cuando llegan las niñas; Suzanne, que ha empezado a estudiar a las sufragistas y hace preguntas incómodas; Claudia, que ha aprendido a decir palabrotas en el patio del colegio. Sophie no es la arpía envejecida que Helen fabrica en sus noches vacías, y esa constatación es el problema moral del libro: no se puede pelear contra alguien a quien se compadece, de modo que Helen decide, deliberadamente, convertirla en enemiga.
En el centro está Matthew, retratado sin indulgencia y sin caricatura: encantador, buen narrador de anécdotas, capaz de hacer sentir a cualquiera el centro del universo, y absolutamente incapaz de sostener dos pensamientos a la vez. Puede prometerle a Helen un martes por teléfono y aceptar cuarenta minutos después un compromiso familiar para esa misma noche, sin registrar contradicción alguna. Su facilidad para compartimentar no es estrategia; es una forma de ausencia.
El título anuncia el giro que la novela promete y la ironía que la sostiene: la mujer que ha dedicado cuatro años a conseguir a un hombre acabará midiendo el precio de tenerlo. Fallon escribe con una prosa rápida, dialogada y de una comicidad seca —la lista de «las mujeres que odiamos» que Helen y su amiga Rachel actualizan cuando beben, la envidia poco confesable que Helen siente por sí misma frente a una amiga soltera— que nunca disculpa a sus personajes ni los desprecia. El resultado es una comedia sobre la infidelidad que se toma en serio a las tres personas implicadas, y que encuentra su interés menos en quién se queda con quién que en cuánto tiempo puede alguien defender una historia que dejó de creerse hace años.
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