Publicada en Madrid por Editorial LIBSA en 1990, esta guía firmada por Olga Magaña es una parodia del manual de autoayuda: en lugar de enseñar a triunfar por mérito, instruye al lector —siempre tratado de usted— en el arte de la…
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Publicada en Madrid por Editorial LIBSA en 1990, esta guía firmada por Olga Magaña es una parodia del manual de autoayuda: en lugar de enseñar a triunfar por mérito, instruye al lector —siempre tratado de usted— en el arte de la desvergüenza. Un narrador que se declara impresentable de oficio desgrana tipologías de la traición, catálogos de profesiones ejercidas con mala fe y recetas para salir airoso de cualquier apuro, todo con la solemnidad de un tratado técnico. El resultado es una sátira de costumbres que retrata, por reducción al absurdo, las ambiciones de la España de consumo de finales de los ochenta.
«Cómo llegar a ser un perfecto impresentable» adopta desde la primera página la forma —y el tono didáctico— de un manual práctico, con su advertencia preliminar al lector sensible, su índice de cuatro capítulos y su promesa de resultados. La broma consiste en que el saber que promete transmitir es exactamente el contrario del que prometen los libros de superación personal: aquí se enseña a vivir sin trabajar, a aprovecharse del prójimo y a marcharse antes de que lleguen las consecuencias.
El primer capítulo se dedica íntegramente a la puñalada trapera, entendida como disciplina con sus escuelas y sus variantes. El texto la define, la clasifica según el móvil —el ajuste de cuentas, el simple gusto de hacerlo, la necesidad extrema, el cajón de sastre de «varias razones»— y la acompaña de instrucciones numeradas, duraciones cronometradas y advertencias sobre testigos, como si se tratara de un procedimiento reglado. De ahí surge la «puñalada multiusos», fórmula condensada que el narrador ofrece como solución universal y que desemboca en una escena de fuga doméstica: hacer la maleta, despedirse con aire jovial e inventarse un final feliz.
El segundo capítulo, el más extenso, es un catálogo de oficios impresentables. Vendedor ambulante, camarero, presentador de televisión, actriz de cine, encargada de la limpieza, fotógrafo, dentista, peluquero, portero de noche, médium, cazador de dotes: cada entrada empieza describiendo el trabajo con aparente sensatez y termina proponiendo la vía torcida, desde el maletín de color chillón que despierta la curiosidad tras la mirilla hasta el diploma falsificado que preside la consulta dental. Los capítulos restantes prometen consejos para salir de un aprieto y las confesiones privadas del propio impresentable, cerrando el círculo de un narrador que se pone a sí mismo como ejemplo y como coartada.
La gracia del libro está menos en lo que aconseja que en cómo lo aconseja. La voz que conduce el texto mezcla la camaradería del amigo que da un consejo con la retórica del experto que cita estadísticas inventadas y porcentajes de fiabilidad; se dirige al lector con una confianza inmediata, le atribuye ambiciones y agravios, y justifica cada tropelía con una moral de andar por casa según la cual el mundo está mal repartido y nadie va a sacarle a uno las castañas del fuego. Ninguna de esas instrucciones está pensada para seguirse: son el vehículo de una comedia sobre la picaresca contemporánea.
El volumen es también un documento de su época. Los precios en pesetas, las colas del paro, los concursos televisivos con azafatas, los cazatalentos de manual, la moda del esoterismo y los nombres que suenan en la peluquería —Antonio Machín, Manolo Escobar, Niño Bravo— sitúan la sátira en la España de 1990 con una precisión que hoy se lee, además, como estampa costumbrista. Bajo la fachada de guía para aspirantes late una crítica ligera pero constante al consumo, al culto al éxito rápido y a la distancia entre la imagen pública y la conducta privada.
Breve, episódico y pensado para leerse a saltos, el libro pertenece a la tradición del humor español que finge dar lecciones para ridiculizar a quien las pediría en serio. Interesará a quienes disfrutan de la parodia de géneros, de la sátira de costumbres y de esa picaresca de vuelo bajo que reconoce a sus personajes sin excusarlos.
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