Manual de desarrollo personal en clave cristiana que redefine el éxito como felicidad sostenida —en la meta y en el camino— y propone un método por etapas para desmontar las barreras internas que lo impiden: creencias limitantes, palabras…
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Manual de desarrollo personal en clave cristiana que redefine el éxito como felicidad sostenida —en la meta y en el camino— y propone un método por etapas para desmontar las barreras internas que lo impiden: creencias limitantes, palabras destructivas y hábitos nocivos. Reúne en un solo volumen la trilogía completa del autor, con quince capítulos que van del autoconocimiento inicial a la planeación, la acción y una noción de abundancia que trasciende lo económico.
La obra parte de una pregunta incómoda para el género al que pertenece: si el éxito solo llegara al final, ¿qué sentido tendría el trayecto? A partir de ahí, Rubén García Palacios construye una definición propia —ser feliz al alcanzar, tener, lograr y sobre todo ser aquello que se desea, incluso mientras se persigue— y la sostiene a lo largo de quince capítulos que combinan reflexión, anécdota, cita bíblica y ejercicio práctico.
El armazón conceptual es una imagen sencilla y recurrente: la vida de la mayoría transcurre dentro de corrales concéntricos, barreras que el autor insiste en llamar virtuales porque no tienen existencia física y aun así limitan el movimiento igual que un muro. Son tres y deben derribarse en orden. La primera es la de las creencias limitantes, terreno donde el libro se detiene con más calma: aquí aparecen la fábula del elefante atado al poste, la distinción entre pensamiento limitante y expansivo, la relectura de la llamada zona de confort como «zona de parálisis» y un procedimiento concreto —identificar las creencias, escribirlas, marcarlas con un sello de «cancelado» y sustituirlas por su opuesto expansivo— apoyado en la idea de que la mente no procesa la negación. La segunda barrera es la de las palabras. El autor las presenta como el vehículo que exterioriza el pensamiento y le confiere poder creador, apoyándose tanto en episodios de Kennedy y Edison como en los experimentos de Masaru Emoto con cristales de agua, y desarrolla una ética del habla cotidiana: bendecir es literalmente decir bien, maldecir es lo contrario, y ambas cosas ocurren a diario en el trato con los hijos, la pareja y en el diálogo interno. La tercera es la de los hábitos destructivos.
Derribadas las barreras, el recorrido se abre hacia los sueños y la visualización, la ley de atracción leída desde una perspectiva creacionista, la educación financiera, la marca personal y el liderazgo, la mejora continua, el «salto cuántico», la planeación y la toma de acción. Los capítulos finales desplazan el eje: el dinero se examina desde la enseñanza bíblica —lo condenable sería el amor al dinero, no el dinero, entendido como un simple sistema de intercambio— y el destino propuesto deja de ser el logro para convertirse en una vida en abundancia.
El tono es directo, con apelación constante al lector en segunda persona, y la estructura mezcla exposición con tareas que exigen papel, escritura y semanas de observación de uno mismo. Como el propio prólogo admite al anticipar la sospecha de quien compra un libro así —¿traerá algo nuevo o será más de lo mismo?—, la promesa que el autor formula es modesta y a la vez ambiciosa: convertirse en mejor persona ya constituye, por sí solo, un éxito, se mida este en dinero, en sonrisas o en aplausos.
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