Con humor descarado y sin pretensiones morales, Alex P. Donnelly firma un manual satírico sobre la infidelidad: veintiún consejos prácticos para no dejar rastro —desde el perfume delator hasta la tapicería del coche— seguidos de una tanda…
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Con humor descarado y sin pretensiones morales, Alex P. Donnelly firma un manual satírico sobre la infidelidad: veintiún consejos prácticos para no dejar rastro —desde el perfume delator hasta la tapicería del coche— seguidos de una tanda de relatos eróticos donde esos mismos consejos se cumplen, se ignoran o estallan por los aires.
«Cómo poner los cuernos (y no morir en el intento)» se presenta como un manual, aunque su verdadero registro es el de la comedia de costumbres disfrazada de guía práctica. El autor abre con una introducción que interpela directamente al lector, lo tutea, le supone deseos inconfesables y le ahorra el sermón: aquí no habrá reproches morales ni análisis psicológicos, solo instrucciones. Desde esa complicidad algo canalla, el libro construye su premisa: la infidelidad discreta sería un oficio con reglas propias, y quien las ignora paga el precio.
El núcleo argumental es un decálogo ampliado —veintiún consejos— que recorre con minuciosidad casi doméstica todos los frentes por los que una doble vida puede filtrarse. Hay advertencias de estrategia (no subestimar la intuición de la pareja, distinguir entre el desliz fortuito y la relación sostenida, no enamorarse jamás del amante) y hay advertencias de logística pura: pagar siempre en efectivo, evitar la cercanía geográfica, no mezclar el trabajo con la alcoba, mantener el círculo de amistades a salvo. Otras entradas se detienen en lo material y lo forense: el pelo olvidado en un cuello de camisa, la marca de maquillaje sobre un papel, el asiento del copiloto desplazado unos centímetros, el olor a tabaco que ninguna coartada disuelve. El repaso alcanza también la vida digital —historiales, cookies, archivos, fotografías— y termina en un capítulo sobre coartadas, excusas verosímiles y falsificación casera de tiques y billetes con un programa de retoque fotográfico.
La segunda mitad cambia de género. El autor anuncia seis relatos y advierte que no todos son ejemplares: algunos ilustran el método, otros funcionan como catálogo de errores, y no todos los cuernos que aparecen son de carne y hueso. El primero, «Un cambio de aceite», sigue a Noemí, una mujer casada que acude a regañadientes al taller mecánico a recoger el coche mientras su marido se recupera de un esguince. Lo que empieza como un trámite tedioso —un local sucio, hombres parcos, el calendario de rigor en la pared— se transforma en un pulso entre el pudor y el deseo cuando aparece Iván, un mecánico joven al que la protagonista intenta, sin éxito, encontrarle un defecto. La escena avanza del vistazo furtivo a la oficina diminuta del fondo, y el relato se entrega abiertamente al terreno erótico, narrado en primera persona y con atención al detalle sensorial.
El conjunto se sostiene sobre un tono uniforme: coloquial, veloz, aficionado al refrán y al guiño, con un narrador que se declara sin escrúpulos y trata al lector como discípulo aventajado. Entre la parodia del libro de autoayuda y la narrativa erótica ligera, la obra vale menos como manual que como retrato irónico de las pequeñas mecánicas del engaño doméstico: los objetos que hablan, los olores que acusan, las coartadas que se ensayan en la ducha.
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