En un casino de Lugano, Lina Salviati baja la palanca de la tragaperras convencida de que tarde o temprano el azar tendrá que compensarla. Lo que le sale al paso no es el 35, sino un joven de traje que conoce sus deudas al detalle y le…
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En un casino de Lugano, Lina Salviati baja la palanca de la tragaperras convencida de que tarde o temprano el azar tendrá que compensarla. Lo que le sale al paso no es el 35, sino un joven de traje que conoce sus deudas al detalle y le propone un plan: fingir su propio secuestro para obligar a su padre, un ladrón retirado que ahora cuida un jardín en la Provenza, a dar un último golpe. Una novela negra de ritmo sereno sobre la suerte, el dinero prestado y los vínculos que creíamos rotos.
Lina Salviati lleva meses persiguiendo una racha que no llega. Ha jugado en medio mundo —grandes metrópolis, casinos de temporada, timbas semiclandestinas donde los profesionales acechan— y ha vuelto a Suiza a probar suerte en casa. En Lugano le quedan un piso, unos cientos de francos y una montaña de deudas que se alimenta de sí misma. Lo inquietante no es la ruina: es la calma con que la mira de frente, vestida de rojo, maquillada, a un paso de la riqueza según cómo se miren las cosas.
Una noche, entre el runrún de los crupieres y las cortinas granates, un joven rubio la observa desde otra máquina. Se llama Matteo Marelli, sabe su nombre, sabe cuánto ha perdido esa tarde y sabe a quién le debe el dinero. Días después, en el bar de la playa, le presenta a Elton, un gigante de verbo florido y modales de académico que habla en nombre del acreedor. Entre martinis y música dance, los dos exponen una idea que parece sacada de una película: fingir el secuestro de Lina para que su padre, un profesional de los que trabajaban sin violencia y con la información justa, acepte desvalijar un banco. El botín saldaría la deuda; la mentira, se dice ella, podría incluso servir para reconciliarlos.
A cientos de kilómetros, en un pueblo provenzal donde el verano huele a romero y a cigarras, ese padre riega un olivo recién plantado y juega a la petanca en la plaza. Jean Salviati cobra su sueldo, encarga semillas de rosal, brinda con pastís en la terraza de una villa amarilla y evita las fotografías de los turistas. Ha cambiado de vida con una minuciosidad de artesano y le gustan las cosas sencillas: el jardín, la pesca, el mercado, la misa del domingo. Hasta que una llamada desde un bar de Lugano —su hija, que llamó y se fue sin dejar recado— le devuelve un instinto que creía dormido: el de reconocer las llamas mucho antes de que huela a quemado.
La novela avanza alternando esos dos climas: el neón del casino y las noches tibias de la Provenza, la urgencia de quien ha apostado su último franco y la lentitud de quien ha aprendido a esperar a que crezca un árbol. La ironía asoma cuando unos amigos veraneantes, en una sobremesa de vino tinto, se entretienen imaginando el atraco perfecto y reparten papeles sin sospechar que tienen delante a alguien que sabría hacerlo de verdad. Bajo la trama criminal late una pregunta insistente: qué parte del pasado se puede enterrar y qué parte vuelve a llamar a la puerta cuando alguien a quien queremos se mete en un lío. Con diálogos afilados, humor seco y una atención minuciosa al detalle cotidiano, esta es una historia de golpes planeados y afectos mal calculados, donde el cálculo de probabilidades se estrella una y otra vez contra lo único que nadie puede prever.
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