Un psicólogo de niños y adolescentes con más de dos décadas de consultorio propone una idea incómoda y liberadora: la mayoría de los padres que piden ayuda no son culpables ni negligentes, sino torpes, y esa torpeza se puede pensar.
Descargar
Un psicólogo de niños y adolescentes con más de dos décadas de consultorio propone una idea incómoda y liberadora: la mayoría de los padres que piden ayuda no son culpables ni negligentes, sino torpes, y esa torpeza se puede pensar. Escrito sin corsé académico, el libro invita a recuperar el criterio propio frente a los manuales, los recetarios exprés y el ruido mediático que convence a los adultos de que nada saben sobre sus propios hijos.
El punto de partida es una escena repetida en el consultorio: padres que llegan desconcertados, a veces desesperados, pidiendo que alguien les diga qué hacer. De ese material clínico —y de la experiencia en grupos de orientación para padres, hospitales y escuelas— surge un libro que su autor, Fernando Osorio, presenta como distinto de los que escribió antes: no es un manual, y renuncia deliberadamente al tono académico para hablarle a cualquier adulto que se haya sentido interpelado por el título.
La tesis central desplaza el eje de la culpa. Los padres que consultan, sostiene el autor, no suelen ser perversos ni negligentes —esos consultan poco— sino personas influenciables que dejaron de darse tiempo para pensar quiénes son realmente sus hijos, qué necesitan y qué les pasa fuera de la mirada adulta. A esa condición la llama torpeza, y la distingue con cuidado de la mala intención. También la ubica en un contexto: una época que premia la frivolidad, la satisfacción inmediata y la desresponsabilización, y un mercado que prefiere “individuos torpes” —consumidores sin discernimiento, atrapados en un presente continuo— antes que “sujetos críticos” capaces de apoyarse en su propia historia para decidir.
El recorrido incluye una revisión de las ideas heredadas sobre la crianza. El viejo dilema entre chicos “maleducados” y “malaprendidos” aparece como un pensamiento binario que, cualquiera fuera la etiqueta elegida, terminaba siempre depositando la culpa en los padres y encerrando la explicación en la burbuja del vínculo familiar, ignorando el peso de la escuela, los medios y el entorno. En esa línea se examina la tradición de las escuelas para padres —incluida la pionera fundada en la Argentina en 1957 por Eva Giberti, cuya propia relectura crítica el autor recoge con respeto— y el supuesto que las sostenía: que a los padres hay que dirigirlos porque son incapaces de ejercer su rol. La objeción es que ese rol no es una carencia innata sino una construcción social y personal, hecha de experiencia pasada, decisiones presentes y expectativas de futuro.
La segunda mitad del recorrido baja la discusión al cuerpo. Dos relatos clínicos, modificados para preservar la identidad de los pacientes, muestran la torpeza en acto y también su reverso. En uno, un estudiante todavía inexperto se niega a aplicar el método con que un centro de día inmovilizaba a un niño de ocho años quitándole las zapatillas, y elige abrazarlo; la desobediencia le cuesta el puesto. En el otro, una niña muy pequeña diagnosticada como autista llora sin consuelo hasta que el motivo resulta ser un par de zapatillas nuevas que le apretaban los pies, algo que ni la madre ni los expertos habían leído. Ninguna de las dos escenas se ofrece como receta: funcionan como demostración de que mirar y pensar rinde más que aplicar un procedimiento.
De ahí la advertencia que atraviesa el libro: consultar sistemáticamente a otro para que decida en nuestro lugar debilita, porque los hijos agotan cualquier recetario. Y de ahí también su ironía final, anticipada desde el título. La certeza de ser buenos padres rara vez es una convicción propia; suele depender del veredicto de pediatras, docentes, vecinos y de la propia familia de origen. Y si alguna vez se alcanza esa certeza, hay sujetos especialmente dotados para destrozarla: los propios hijos.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.