En las noches del bar Córdoba, a la vera de la avenida porteña, Moreira, estudiante de Antropología, encuentra refugio entre apuntes y conversaciones.
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En las noches del bar Córdoba, a la vera de la avenida porteña, Moreira, estudiante de Antropología, encuentra refugio entre apuntes y conversaciones. Junto al Gato y Andonaegui, dos taxistas de vidas singulares, construye una amistad que funciona como ritual de pasaje frente a su separación reciente. Cuando el bar cierra inesperadamente, esa comunidad de noche debe enfrentar el fin de un mundo que los sostuvo.
Una tarde de votación en el Senado, el bar Córdoba se divide entre bandos políticos. Moreira, entre sus apuntes de Antropología Biológica, observa a los taxistas Vizcacha vociferar hacia la pantalla como si los senadores pudieran escucharlos. Cuando el vicepresidente vota en contra del gobierno, los Vizcacha salen en fiesta celebrando en sus taxis. Moreira permanece en la mesa, mirando la plaza de Los Galgos iluminada por una luna llena.
Es en esas noches donde Moreira ha construido una vida: en las mesas del Córdoba, frente a la vereda, cerca de la plaza. Estudiante de Antropología, atravesando una separación reciente y la remodelación de un vivero heredado de su abuelo, ha hallado en este bar un espacio ritual donde refugiarse. Con el Gato —que practica yoga, ve auras y milita en una cooperativa del Riachuelo— y Andonaegui —taxista solitario que repite infinitas versiones de una misma anécdota— Moreira armó una amistad singular. Son amigos distintos a él, pero unidos por una solidaridad que surge cuando se está en carne viva, en ese punto de transición donde uno ya no es lo viejo pero todavía no es lo nuevo.
El Jorobado, taxista de rostro desfasado que nadie sabe dónde vive y que duerme en su taxi, también habita estos rituales nocturnos. Pero después de la noche de la votación, cuando Moreira, el Gato y Andonaegui toman prestado su taxi para jugar carreras alrededor de la plaza, algo extraño sucede: una sombra animal sale de la puerta maldita del anfiteatro, el taxi del Jorobado sale disparado por las calles y desaparece en la noche.
Una semana después, Andonaegui visita el monoambiente de Moreira para avisarle que lo han hecho: el bar Córdoba ha cerrado sus puertas. El dueño, un tipo raro que nadie había visto antes, desapareció dejando el negocio clausurado. Los Vizcacha, destrozados, esperan en la plaza. Moreira baja con café caliente en un termo, y en esa simple acción de servir café a sus amigos en torno a un banquito de plástico, se consuma el fin de un mundo que los sostuvo en las sombras de la noche porteña.