En este volumen de extras de la serie ambientada en Santa Mónica, Laura Benito Montaño cede la voz a Aaron Johnson para revisar, desde dentro, el momento en que dejó de fingir que lo suyo con Jane era pasajero.
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En este volumen de extras de la serie ambientada en Santa Mónica, Laura Benito Montaño cede la voz a Aaron Johnson para revisar, desde dentro, el momento en que dejó de fingir que lo suyo con Jane era pasajero. Dos escenas breves —un despertar compartido en Arizona y una reconquista aprendida a golpe de bachata— condensan el arco emocional de un chico acostumbrado a no comprometerse con nadie. El libro cierra con un adelanto de la siguiente entrega de la saga, narrado esta vez por Natalie.
«Concédeme este baile» funciona como contraplano de la historia principal: todo lo que antes se intuía desde fuera se cuenta ahora en primera persona por Aaron Johnson, el hermano de Meg, el amigo de Nate, el chico que presumía de no necesitar a nadie hasta que una amiga de la familia le desmontó el argumento.
El primer extra es puramente doméstico y ocurre después de la tormenta. Una habitación en Arizona, la luz entrando por la ventana, Jane dormida y aferrada a la sábana, y Aaron mirándola más tiempo del que admitiría en voz alta. La escena avanza por bromas pequeñas —el ceño fruncido de ella, la acusación de psicópata, la discusión absurda sobre si babea o no al dormir— y sirve para medir la distancia recorrida: el narrador que un año atrás se habría reído de estas palabras es ahora quien las piensa sin ironía. Hay deseo explícito y complicidad física, pero el peso lo lleva la constatación de que quiere que todas sus mañanas empiecen así.
El segundo extra retrocede al punto de ruptura y es el corazón del volumen. Aaron ha hecho llorar a Jane, nadie de su entorno entiende que lo que siente por ella no es un romance de verano, y él tampoco sabe explicarlo. Una conversación con su hermana lo empuja a hacer algo que jamás había hecho: enmendar un error en lugar de dejarlo atrás. De ahí nace una petición inesperada —«enséñame a bailar»— y una tarde de ensayos en el garaje que es, a la vez, comedia familiar y lección sentimental. Meg pierde la paciencia, Nate se burla desde el sofá hasta que demuestra que sí sabe llevar, y una demostración entre Jason y Natalie deja claro lo que Aaron necesitaba entender: la bachata no se resuelve con pasos, sino con química y con la voluntad de dejarse llevar. El desenlace llega en la fiesta, con una canción pactada de antemano, una mano en la cintura, una disculpa y una declaración que toma prestada una frase subrayada en el ejemplar de Orgullo y prejuicio que Jane lleva cada verano a Santa Mónica.
La mirada de Aaron aporta lo que la novela original no podía dar: los celos que no verbaliza, la incomodidad de sentirse ridículo, la impaciencia heredada de su hermana, el reproche que se hace a sí mismo por haber perdido semanas enteras. Es un narrador que se corrige mientras habla y que reconoce, sin adornarlo demasiado, que su comportamiento tampoco fue el correcto.
El volumen se completa con un adelanto de la continuación de la saga, protagonizado por Natalie y Jason. Su escena invierte los términos de la historia de Aaron y Jane: aquí la atracción es inmediata y el conflicto está en el después, cuando ella despierta sola y comprende que no puede permitirse repetirlo, aunque no piense en otra cosa. Es un anticipo declarado, con escenas de intimidad adulta, que deja abierta la puerta a un nuevo verano en Santa Mónica.
Escrito en un registro coloquial, con diálogo abundante y capítulos cortos, el libro está pensado para quien ya conoce a estos personajes y quiere volver a ellos desde otro ángulo. Se lee en una sentada y su promesa es sencilla: enseñar cómo suena una historia de amor cuando la cuenta quien tardó más en admitirla.
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