Una joven aristócrata de provincias, aburrida hasta la desesperación en la campiña inglesa, escribe cartas a su amiga Edwina contando su gran proyecto vital: casarse antes de convertirse en solterona a los diecinueve.
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Una joven aristócrata de provincias, aburrida hasta la desesperación en la campiña inglesa, escribe cartas a su amiga Edwina contando su gran proyecto vital: casarse antes de convertirse en solterona a los diecinueve. Entre paseos calculadamente casuales frente a la mansión del soltero más rico del condado, visitas de la cotilla local y el descubrimiento de que existe gente sin servicio doméstico, la narradora despliega una comedia epistolar sobre modales, clases y expectativas románticas.
Todo empieza con un suspiro. En Paisley Manors, donde según la propia narradora su familia lleva cinco generaciones aburriéndose de forma contumaz, los últimos días del invierno se arrastran mientras ella cuenta los días para que arranque la temporada social de Langfalls Upon Avon. Su situación, confiesa por carta a su amiga Edwina, es desesperada: cumplirá diecinueve años sin una sola oferta matrimonial digna de mención.
La novela se cuenta entera desde ese pupitre. Cada capítulo es una carta, y cada carta es una lección involuntaria sobre quien la escribe: una muchacha de apellido imposible, educada en un internado donde se enseñaba a hacer reverencias sin que se cayera la aceituna y a incluir la palabra «afectísima» sin saber qué significa. Sus paseos diarios frente a Arlington Road son pura casualidad, insiste, igual que los cuarenta y cinco minutos que dedica a examinar los visillos del vecino más rico de la comarca. Cuando por fin logra el encuentro largamente ensayado con lord Arlington, el desastre llega por donde no lo esperaba: el mozo de cuadras desaseado al que acaba de reprender resulta ser lord Skeffington, y tiene una lengua notablemente afilada.
De ahí en adelante desfilan los ingredientes de rigor —el primer baile, las clases de danza, una merienda campestre que ocupa cuatro capítulos porque se hizo larga, pretendientes con polainas, un último baile y los rechazos correspondientes—, pero vistos siempre a través de una mirada que confunde el egoísmo con la buena educación. La visita de mistress Pilgrim, viuda y cronista vitalicia del vecindario, introduce a miss Anémona Thompson, hija del nuevo pastor: una joven sin dote, sin criados y sin vestidos presentables, a quien la narradora clasifica primero como espécimen exótico y luego, generosamente, como «pobre tolerable». La decisión de apadrinarla y presentarla en sociedad pone en marcha una amistad tan improbable como reveladora.
El resultado es una comedia de costumbres construida sobre la ironía: el humor no está en lo que la protagonista observa, sino en lo que se le escapa. Bajo las capas de frivolidad —bigudíes, listas de invitados imaginarios, hermanos intercambiables— asoma un retrato afilado del mercado matrimonial, del abismo entre clases y de la estrechez de un mundo donde una mujer solo puede aspirar a elegir bien. Con sorpresas encadenadas en su tramo final y un desenlace declaradamente feliz, es una parodia cariñosa de la novela de época que se ríe del género sin dejar de disfrutarlo.
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