Carly Martin, veterinaria en San Francisco, descubre que su cliente y amigo Henry Tremayne, un anciano excéntrico rodeado de animales rescatados, ha sufrido un accidente y la ha nombrado responsable de sus mascotas y de su mansión gótica.
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Carly Martin, veterinaria en San Francisco, descubre que su cliente y amigo Henry Tremayne, un anciano excéntrico rodeado de animales rescatados, ha sufrido un accidente y la ha nombrado responsable de sus mascotas y de su mansión gótica. La noticia se la trae Max Giordano, el nieto que Henry nunca llegó a conocer, convencido de que ella es una cazafortunas. Entre sospechas y reproches, ambos quedan atados a una casa, a treinta y cinco animales y a un pulso que ninguno quiere perder.
En una clínica veterinaria de San Francisco, la jornada de Carly Martin ya venía torcida —una perrita de la alta sociedad que se tragó un pendiente de esmeraldas, una sala de espera desbordada— cuando un desconocido de traje italiano le bloquea la puerta y la acusa de haber desplumado a un anciano. El hombre es Max Giordano, y trae dos noticias. La primera: Henry Tremayne, el cliente excéntrico al que Carly visita cada miércoles para atender su colección de animales recogidos, se fracturó el cráneo al caer por unas escaleras y sigue inconsciente. La segunda: ese mismo Henry ha dejado en manos de ella la custodia de sus gatos, sus perros y sus pájaros, y también una mansión gótica valorada en veinte millones de dólares en lo alto de Pacific Heights.
Max no es abogado, sino nieto. Un nieto cuya existencia Henry conoció apenas catorce meses antes y al que nunca llegó a ver. Ha pasado un año preparando un primer encuentro que el accidente le arrebató, y entra en la clínica seguro de que la veterinaria de aspecto saludable supo engatusar a un viejo rico y solo. Lleva la trampa lista en el maletín: si Carly rechaza a los animales, pierde también la casa. Ella acepta sin pensarlo, y con ese gesto desbarata el plan entero.
Lo que sigue es un pulso desigual. Carly arrastra una sociedad profesional convertida en jaula —un cirujano brillante, autoritario y exnovio, un contrato que la retiene tres años más— y descubre en el legado de Henry una salida que solo se abriría con la muerte de su amigo. Max, acostumbrado a tomar las riendas del caos, se instala como vigilante y se propone salvar a su abuelo de su propia locura. Entre ambos: una casa enorme y a oscuras, un ama de llaves desaparecida, una gran danés tímida que inexplicablemente decide que Max le cae bien, y la sospecha creciente de que ninguno de los dos es exactamente lo que el otro cree.
Melanie Craft firma una comedia romántica de enredo patrimonial y afectos mal repartidos, donde la fortuna es apenas la excusa y la verdadera herencia en disputa es el vínculo que nadie supo reclamar a tiempo.