En una ciudad mexicana de provincia, cinco adolescentes hartos del tedio y de la felicidad de escaparate que se les vende en casa y en la escuela comparten un secreto: un club clandestino de muy pocos miembros donde las pesadillas no se…
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En una ciudad mexicana de provincia, cinco adolescentes hartos del tedio y de la felicidad de escaparate que se les vende en casa y en la escuela comparten un secreto: un club clandestino de muy pocos miembros donde las pesadillas no se disuelven al abrir los ojos. Se sienten, se sangran y dejan marca. Una novela coral sobre la adicción al miedo como forma de sentirse vivo.
Felicia detesta su nombre. Es la firma de una madre que convirtió la dicha en negocio: cursos de felicidad en veinte lecciones, pagaderos en cómodas mensualidades, después de una vida de uñas acrílicas, aerobics en la cochera y planes funerarios a plazos. Sus padres volvieron de la capital transformados en un par de maniquíes que sonríen de oreja a oreja y contagian su entusiasmo a quien les regale cinco minutos. En esa casa de sillones Luis XV, dioses griegos de yeso y cuadritos con frases de superación, Felicia desayuna cereal a solas y agradece los portazos.
A unas calles de ahí, Hugo mide con la vista los cinco metros que separan dos edificios y se lanza en patineta al vacío porque el aire es el único territorio donde no se aburre. Cuando el aire no alcanza, se atraviesa espinas en la palma, se clava alfileres en los dedos, se corta donde su madre no mira. No lo mueve el maltrato ni la pobreza: lo está matando el tedio. Brandon firma bardas con una caligrafía sinuosa que le cuesta una paliza y una tarde entera de brocha gorda bajo la custodia del prefecto. Aldo entra a cuentas ajenas desde el subsuelo de las computadoras y jura que no nació para morir en una cama. Iris, la única que no presume nada, es la que guarda la puerta.
Porque el club existe. Son cuatro y comparten una sola cosa: son adictos al peligro. Lo que se reparten ahí no son videojuegos ni sustancias, sino pesadillas verdaderas, de las que no se abandonan con un parpadeo. Aldo ya cruzó: despertó en un hospital en ruinas donde un anciano manco lo recibió como a un hijo de la casa, donde los miembros amputados se arrastran solos por una morgue y una niña que se bebe su propia sangre le explica la única regla de la prueba: van a serrucharle la pierna que la poliomielitis le dejó inútil y, si grita, se queda a vivir en ese sótano para siempre. Volvió con la pierna intacta y el rastro de sangre como testimonio.
Cuando Iris le insinúa a Felicia lo que ocurre bajo tierra, la propuesta suena a lo que la muchacha lleva años pidiendo: una sacudida que la devuelva al mundo, algo tan real como el viento en el pelo o la mierda de perro que apesta al lado. Pero el precio no está en el catálogo. Estas pesadillas no se inventan: nacen de los miedos que uno no se atreve a nombrar, y ninguna película de terror sirve como entrenamiento. Entre burlas de recreo, hermanos que se vuelven monstruos en cuanto la madre da la espalda, cigarros y filosofía escrita en la pared del baño, la novela avanza con la lógica de una advertencia: hay quien busca el horror para sentir algo, y hay horrores que, una vez abiertos los ojos, ya no se dejan cerrar.
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