Brandon O'Donnell, joven camarero de Greenville, interviene una noche en un callejón para salvar a una desconocida de una agresión; la paliza casi lo mata, pero unos ojos celestes con destellos verdes lo salvan y luego desaparecen.
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Brandon O'Donnell, joven camarero de Greenville, interviene una noche en un callejón para salvar a una desconocida de una agresión; la paliza casi lo mata, pero unos ojos celestes con destellos verdes lo salvan y luego desaparecen. Semanas después, esos mismos ojos reaparecen en el vivero de su tía, y con ellos empieza una historia sobre alas rotas que aprenden a volar de nuevo.
«Contigo, Siempre», primer libro de la serie «Amores que curan» de Katherinne Álvarez, abre con una promesa escrita en verso: la de un ángel encarcelado, marcado y obligado a andar en tinieblas, al que una luz tenue promete curar y hasta salvar. Esa promesa organiza toda la novela.
El narrador es Brandon O’Donnell, camarero en Marcos’ Food, un chico que recita el menú del día como un mantra, sortea con paciencia ensayada a las clientas que le dejan su número sobre la barra y vuelve a casa caminando por unas calles que se van vaciando. Su vida está medida por obligaciones: desde la muerte de su padre carga con el papel de hombre de la casa, sostiene económicamente a su madre, Mishelle, y a su hermana pequeña, Lucy, y ha aplazado la universidad porque no piensa tocar el dinero de Antonio, el abuelo que solo se acercó cuando ya era tarde. Una noche cualquiera, un grito a medias desde un callejón rompe esa rutina. Brandon podría haber seguido caminando; no lo hace. Interviene contra dos hombres que someten a una mujer, cobra una paliza que lo deja escupiendo sangre sobre el concreto, y cuando ya se le nubla la vista alguien vuelca la escena a su favor. Lo último que ve antes de las sirenas son unos ojos grandes, celestes con matices verdes, llenos de lágrimas, y una voz que le da las gracias dos veces antes de echar a correr.
Lo que sigue no es una investigación sino una obsesión doméstica. Pasa más de un mes y esa mujer sigue habitando sus pesadillas: unas noches la salva, otras no llega a tiempo y despierta con sensación de ahogo. El insomnio se le nota en el trabajo, y ni las burlas de Charles —su mejor amigo, enamoradizo, incapaz de dejar el tema del «héroe» en paz— ni la insistencia de su madre en que estudie logran devolverlo del todo. El azar, en cambio, sí: la tía Martha ha contratado ayuda para su floristería, y entre los preparativos de una cena sorpresa por el cumpleaños de su madre, Brandon baja al vivero a echar una mano. La joven que se gira frente a la mesa de flores es delgada, de cabello castaño claro, y tiene unos ojos imposibles de confundir. Se llama Camille.
Desde ahí, y según anuncia su propio índice —oscuridad, atracción, malentendidos, promesas, verdades expuestas, despedidas, represalias—, la novela se despliega en cinco partes hacia territorios más ásperos que el flechazo: el pasado del que Camille huye, el hombre que aquella noche escapó, y la distancia entre estar libre y sentirse libre. La voz narrativa de Brandon es coloquial, autoirónica y sostenida por diálogos vivos, con un humor de amistad masculina que alivia el peso de lo que se cuenta. Novela romántica contemporánea con vetas de suspenso y una insistencia declarada en el cuidado como forma de amor, «Contigo, Siempre» está dedicada, en palabras de la autora, a quien sigue en pie a pesar del llanto: al ángel que, con las alas rotas, no ha dejado de volar.
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