En Rawor, un pueblo del Oeste sacudido por la fiebre del petróleo, el joven Tom Olake se niega a agachar la cabeza ante Red Hadock, un matón que mide la hombría por el vello del pecho.
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En Rawor, un pueblo del Oeste sacudido por la fiebre del petróleo, el joven Tom Olake se niega a agachar la cabeza ante Red Hadock, un matón que mide la hombría por el vello del pecho. Lo que empieza como un pulso de saloon —una frase burlona, dos revólveres más rápidos de lo previsto— destapa una presión mucho más antigua: alguien quiere las tierras de labranza de la familia Olake, y Hadock es solo la mano visible. Un western de puños, promesas incumplidas y enemigos que sonríen bien vestidos.
Todo arranca en el «Fiver Saloon», donde Tom Olake acaba sentado a la mesa equivocada. Ha ido a aclarar unas habladurías sobre su prometida y termina frente a Red Hadock, un fanfarrón que resume su código moral en una sola frase: los asuntos serios los arreglan a tiros los hombres de pelo en pecho. Tom se desabrocha la camisa, muestra un torso limpio y devuelve la bravata convertida en divisa propia. Nadie dispara aquella mañana, pero el pueblo entero sabe leer la calma con la que Hadock vuelve a su botella de ginebra: es la clase de silencio que se cobra después.
La novela se mueve entre dos frentes que tardan en reconocerse como uno solo. En el primero está Tom: veinticinco años, dos fuera de casa aprendiendo a defenderse, y una obstinación que choca de frente con las prohibiciones de su madre y con las promesas que le arranca Ketty Strams, su novia, menuda, morena y tan poco dispuesta a los avasallamientos como él. Ketty le exige prudencia y él se la concede a medias; la primera emboscada en el camino, cuando Hadock la sorprende sola, basta para que la promesa se rompa a puñetazos.
El segundo frente es el que Sedon Olake, el padre, se empeña en librar en secreto. Hadock lleva tiempo visitando su casa con un documento en el bolsillo y una oferta que cambia de forma cada vez: asociarse, comprar, firmar. Los campos de remolacha de los Olake están sobre terreno que la fiebre del petróleo ha vuelto codiciable, y el viejo agricultor se niega a destriparlos. Lo que le inquieta no es el pistolero —a un pistolero, dice, se le aplasta como a un bicho venenoso—, sino la sospecha de que detrás hay alguien que da la batalla elegantemente vestido y con una sonrisa en los labios, alguien con quien quizá se cruza a diario en la calle principal.
Entre ambos se interpone Myron Kenie, el ranchero rico de levita negra y corbata de lazo, que aparece siempre en el momento justo para separar a los contendientes y ofrecer una alianza. Su ayuda es oportuna; sus motivos, menos transparentes de lo que parecen, y una confesión a medio pronunciar deja abierta la pregunta de a quién sirve realmente esa cortesía.
Con un pulso ágil, mucho diálogo cortante y un humor seco que asoma incluso en los peores momentos, la historia enfrenta dos formas de valor —la que se exhibe y la que se demuestra— en un Oeste que empieza a cambiar de dueño: donde antes se peleaba por ganado y honor, ahora se pelea por subsuelo, contratos y firmas.
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