En 1929, arruinado y con más entusiasmo que certezas, el arquitecto estadounidense William Spratling llega a la Ciudad de México para rehacer su vida junto a Frederick Davis, el coleccionista del que se ha enamorado.
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En 1929, arruinado y con más entusiasmo que certezas, el arquitecto estadounidense William Spratling llega a la Ciudad de México para rehacer su vida junto a Frederick Davis, el coleccionista del que se ha enamorado. Entre artesanías, murales y afectos que deben callarse, acaba convertido en pieza clave de un encargo histórico. Sesenta años después, en las ruinas de Pompeya, una maestra persigue el vacío que le dejó un padre ausente.
Verano de 1929. William Spratling baja del tren en Buenavista sin dinero, sin empleo fijo y con poco más que una maleta, unos cuadernos de dibujo y el adelanto de un libro por escribir. Lo espera Frederick Davis, veintitrés años mayor, director de la Sonora News Company y conocedor como pocos de las artes populares mexicanas, que le ha escrito cartas apasionadas para convencerlo de cruzar la frontera. La primera lección que recibe no trata de artesanías sino de discreción: en público serán apenas un anfitrión y su amigo estadounidense.
Desde ese pacto tácito, la novela sigue a Spratling mientras se vuelve mexicano a fuerza de mirar. Remodela para el embajador Dwight Morrow la casa de Cuernavaca que la posteridad llamará «Casa Mañana», recorre el río Balsas juntando máscaras, lacas, telas e ídolos, aprende a regatear, a beber mezcal y a convivir con las incongruencias de un país que oscila entre dos herencias sin decidirse por ninguna. Cuando Morrow resuelve dejar un legado al pueblo de Cuernavaca, es Spratling quien debe persuadir a Diego Rivera —comunista notorio, recién casado, endeudado por la casa que le levanta O’Gorman— de aceptar el encargo del embajador de Estados Unidos: una negociación hecha de humor, cálculo por metro cuadrado y quince por ciento de comisión.
Una segunda línea se abre en junio de 1990, entre las piedras ardientes de Pompeya. Vivian García-Diego guía a un grupo de estudiantes por la Casa del Fauno y explica el arte del mosaico, esa técnica capaz de componer una imagen entera con miles de piezas mínimas. Terminada la clase, la alcanza lo que ella llama «el hueco»: una orfandad que ha intentado tapar con comida, whisky y hombres que se le vuelven aburridos demasiado pronto.
Dos épocas, dos personas que buscan un sitio propio, y un relato armado como los mosaicos que Vivian describe: con teselas que solo dejan ver su figura desde la distancia justa.
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