Crónica humorística de la vida en pareja de Carlos, un bilbaíno alto y metódico, y Rocío, una gaditana menuda, veloz y expansiva, contada por él con autoironía y ternura a través de escenas cotidianas: los inicios helados de su noviazgo,…
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Crónica humorística de la vida en pareja de Carlos, un bilbaíno alto y metódico, y Rocío, una gaditana menuda, veloz y expansiva, contada por él con autoironía y ternura a través de escenas cotidianas: los inicios helados de su noviazgo, los fines de semana imposibles, una fiesta de disfraces catastrófica, una boda vista desde el lado masculino de la espera y las primeras clases de conducir.
«Tal para cuál» es el retrato en primera persona de una pareja corriente contada por uno de sus dos protagonistas. Carlos, vasco, mide 190 centímetros, calza un 48 y se define a sí mismo sin adornos: larguirucho, bonachón, algo ingenuo y de una rigidez organizativa casi germánica. Rocío es andaluza, menuda, eléctrica y capaz de pensar tres décimas de segundo más rápido que él, ventaja que administra con una eficacia que a Carlos le resulta a la vez admirable y desesperante. Se conocieron en Madrid, punto intermedio entre Bilbao y Cádiz, y desde entonces conviven en un equilibrio hecho de contrastes: el orden contra el caos, la reflexión frondosa contra la simplicidad confesa, el madrugador imposible contra la dormilona invencible.
El libro avanza por episodios más que por trama. En «Los inicios», el narrador recuerda un noviazgo literalmente gélido —paseos nocturnos bajo cero, piedras heladas y frases ininteligibles pronunciadas con la cara paralizada— que desemboca en la primera visita a casa de ella y en un encuentro nocturno con su padre militar, bajo un sable colgado en la pared, resuelto por una respuesta tan desafortunada que acaba abriéndole las puertas de la familia. En «En la fiesta me colé», la agenda social inabarcable de Rocío produce un fin de semana con paella en Valencia y reunión de primos en Madrid el mismo día, y una fiesta hawaiana en la que Carlos aparece disfrazado con ropa de su madre de cuarenta años atrás, sin conocer a nadie y convertido en mascota involuntaria del sarao. «Grandes eventos» observa una boda en Valladolid desde el lado masculino de la espera: doce vestidos probados, una peluquería que improvisa, unos zapatos cuyo precio se cuenta por unidad, cuatro amigos jugando al mus mientras ellas libran su batalla contra el reloj, y la posterior reconstrucción telefónica del acontecimiento con un nivel de detalle que a él le resulta inconcebible. «¡Se mueve!» arranca con una clase de conducción improvisada en un polígono industrial desierto un domingo, donde la confianza prematura de la alumna pone a prueba los nervios del profesor.
El tono es coloquial, deliberadamente español y contemporáneo, apoyado en el diálogo rápido, la exageración medida y el chiste que el narrador se hace a sí mismo antes de que se lo hagan otros. No hay conflicto dramático ni giro final: lo que sostiene la lectura es el reconocimiento. Cada escena funciona como un espejo de esas negociaciones domésticas —planes, horarios, ropa, familias, coches— en las que las parejas se van definiendo. Bajo la comedia costumbrista late un afecto sin sensiblería: Carlos se queja de que le manejan, y al mismo tiempo deja claro que no cambiaría de bando. El resultado es una lectura ligera, episódica y fácil de retomar, hecha de anécdotas que el lector tenderá a leer en voz alta.