Un retrato coral de Brento, ciudad costera donde lo cotidiano se vuelve materia narrativa. Teresa Cabello Rebollo hilvana escenas mínimas —una entrevista a un agricultor, una discusión de pareja frente al mar, un café entre amigas— para…
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Un retrato coral de Brento, ciudad costera donde lo cotidiano se vuelve materia narrativa. Teresa Cabello Rebollo hilvana escenas mínimas —una entrevista a un agricultor, una discusión de pareja frente al mar, un café entre amigas— para componer la semblanza de un lugar y de quienes lo habitan. Periodistas sin contrato fijo, madres que rehacen su vida, vecinos de barrio antiguo: vidas ordinarias contadas con luz, sin renunciar a sus zonas de sombra.
Hay ciudades que solo se entienden a través de la gente que las cruza. Brento —con sus cinco kilómetros de costa, su plaza de Los Cerezos, su mercadillo de flores y su casco antiguo de reputación dudosa— es a la vez escenario y personaje de este conjunto de historias entrelazadas.
Raúl tiene cuarenta años, un título de Periodismo y ninguna estabilidad. Vive todavía con sus padres en una casa humilde, prepara unas oposiciones para el departamento de prensa municipal y encadena encargos breves. Una mañana entrevista a un agricultor reservado sobre el cultivo de la ciruela y regresa fascinado por la posibilidad de asomarse cada día a un mundo distinto; esa misma tarde discute con Olga, su pareja, sobre el modo en que la trata delante de los demás. Entre un clavel comprado en el paseo marítimo y un funeral inesperado, sus días avanzan sin épica, sostenidos por un optimismo tozudo.
Eloísa carga con otra clase de peso. Separada tras años de alcoholismo y maltrato, madre de tres hijos, dejó el trabajo que amaba porque no se veía capaz y encontró en la reposición de un supermercado un lugar donde sentirse útil y valorada. Su reconstrucción no ocurre en un gesto heroico sino en las tardes con Lara y Cristina: paseos por la orilla, compras sin urgencia, confidencias que le devuelven el aire. Alrededor circulan la madre de setenta años que descubrió tarde la escritura, la frutera que pregunta de más, el vendedor de flores con el dedo herido, la clienta impertinente que pide perdón.
La autora declara su propósito en el prólogo: que el lector simpatice, deteste, admire o se reconozca. No hay una trama única que ordene el conjunto, sino una mirada que se detiene con la misma atención en la cosecha de un campo embarrado y en el silencio de una discusión. Predomina un tono entusiasta y luminoso, atravesado por aflicciones que la vida reparte sin aviso: una caída, una denuncia, un accidente, una noticia que llega temprano.
El resultado es un mosaico de voces cotidianas donde el paisaje —el mar en calma, los cerezos en flor, las puestas de sol que convocan a media ciudad— nunca es decorado, sino la condición misma en que estas vidas se sostienen.
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