Kaila es una chica que atraviesa el duelo por la muerte de su padre, biólogo y explorador. En el valle Milagro, un territorio donde el agua marca las fronteras y los nombres de los pueblos, ella aprende a seguir a hombres: primero a…
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Kaila es una chica que atraviesa el duelo por la muerte de su padre, biólogo y explorador. En el valle Milagro, un territorio donde el agua marca las fronteras y los nombres de los pueblos, ella aprende a seguir a hombres: primero a Marlon, un corredor que huye de su pasado; después, a un filólogo que la lleva al archipiélago de los ingleses. En este viaje iniciático, Kaila busca algo que probablemente no encuentre: un sentido, una continuidad, una forma de estar sin quien fue su brújula.
En el valle Milagro, donde el agua ocupa el sesenta por ciento del territorio y los pueblos llevan nombres según sus aguas, vive Kaila, una chica que ha aprendido a medir el tiempo desde el funeral de su padre. Biólogo de renombre internacional, explorador del abismo, el padre de Kaila murió hace un año, tres meses y nueve días, dejando un vacío que ella mide constantemente, como si tuviera un cronómetro instalado en las vísceras.
A los dieciséis años, Kaila descubre que puede seguir a otros. Sigue primero a Marlon, un chico de su instituto con piernas de mosca de agua y la urgencia de un fugitivo. Él corre para escapar: de su casa, de su pueblo, de la muerte de su perra Mila. La chica se inscribe en atletismo esperando seguirlo, esperando ser parte de esa huida. Pero él corre cada vez más rápido, cada vez más lejos, hasta que ella desaparece de su horizonte. Lo que Kaila no comprende es que su enamoramiento es como un gorrión que se cuela en cualquier fisura: entra sin permiso, se acomoda donde no lo invitan.
Después viene el segundo: un filólogo que la arrastra al archipiélago de los ingleses, a la isla de Soledad, donde ella intentará nuevamente seguir a alguien que no la espera. La vida le parece una inmensa sala de espera, esa de la que todos salen dejándola sola con las paredes de gotelé.
Pero en cada búsqueda hay un hilo: la herencia del padre, su curiosidad, su necesidad de explorar. Kaila hereda no solo el dolor, sino esa compulsión de mirar fijamente, de buscar en los agujeros de la cabeza ajena, de convertir la ausencia en viaje. Este es un relato sobre el duelo, sobre cómo los vivos seguimos a los muertos a través de otros cuerpos, y sobre qué sucede cuando al fin alguien se gira a mirarnos.