Paul Graas propone un itinerario para quienes viven la fe católica en la sociedad occidental del siglo XXI y a veces se sienten piezas exóticas dentro de ella.
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Paul Graas propone un itinerario para quienes viven la fe católica en la sociedad occidental del siglo XXI y a veces se sienten piezas exóticas dentro de ella. Frente al repliegue, el cinismo o el abandono, el autor sugiere una cuarta vía: permanecer en medio del mundo con optimismo y amarlo apasionadamente. Once capítulos, cada uno dirigido a un tipo de lector, articulan una espiritualidad concreta hecha de ideales grandes, trabajo constante, capacidad de recomenzar y libertad para entregarse.
El libro parte de una incomodidad reconocible: la de quien practica su fe en un entorno cultural que la percibe como anacrónica, y que carga además con la memoria de los abusos y las sombras históricas de la institución a la que pertenece. Graas describe las salidas habituales ante esa tensión —encerrarse en la propia parroquia, refugiarse en el cinismo sobre la decadencia occidental, o abandonar del todo— y las descarta para proponer otra cosa: una presencia serena y afirmativa en medio del mundo, donde la evangelización ocurre menos en el templo que en la calle, y donde el testimonio más eficaz es el de una persona corriente.
La estructura es la de una serie de capítulos-carta, cada uno encabezado por un destinatario distinto: quien quiera formar ideales auténticos, quien esté dispuesto a trabajar mucho, quien acepte caer y levantarse, quien busque la libertad de amar, el amor puro, el arte de escuchar, la cruz, la vida en medio del mundo, la amistad, la ayuda ajena o el amor de una madre. Un apéndice final se dirige a quien quiera empezar hoy mismo.
El argumento avanza por acumulación de imágenes y ejemplos. La felicidad, sostiene el autor, no se alcanza por el camino cómodo sino por la entrega, y esa entrega exige carácter: virtudes trabajadas a diario, como los peldaños de madera dura que Dickens describía en David Copperfield. Graas contrapone dos figuras que recorren el libro —el ‘hombre-techo’, que lo espera todo de arriba sin esforzarse, y el ‘hombre-suelo’, tan aferrado a sus propias fuerzas que no deja sitio a la gracia— y propone un equilibrio entre ambas. Las caídas no son excepciones al camino sino parte de él: la diferencia entre Pedro y Judas no está en la traición, sino en lo que cada uno hizo con su dolor.
La prosa es directa, de tuteo constante, y se apoya en un repertorio de referencias deliberadamente amplio: Huxley y Ortega y Gasset conviven con Chesterton, Tagore, Fulton Sheen, C. S. Lewis, Martin Luther King y hasta con la fantasía contemporánea de Brandon Sanderson. Las biografías —la Madre Angélica levantando una red televisiva desde un monasterio de Alabama, el cura de Ars expulsado del seminario por no dar la talla— funcionan como pruebas narrativas de que la santidad no pertenece a criaturas extrañas, sino a gente normal que insistió.
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