A comienzos de los años ochenta del siglo XIX, Venezuela vive transformación cultural bajo el régimen de Guzmán Blanco. El pintor Antonio Herrera Toro regresa de Europa trayendo nuevas corrientes artísticas.
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A comienzos de los años ochenta del siglo XIX, Venezuela vive transformación cultural bajo el régimen de Guzmán Blanco. El pintor Antonio Herrera Toro regresa de Europa trayendo nuevas corrientes artísticas. En Caracas conoce a Cristóbal Rojas, un joven pobre de excepcional talento natural que trabaja como cigarrero. De este encuentro surge una relación de aprendizaje que transformará la pintura venezolana. Su obra en la Exposición del Centenario lo catapulta al reconocimiento y le asegura pensión para París, donde vivirá apenas siete años en batalla contracorriente entre su genio y la adversidad.
En agosto de 1881, el vapor Ville de Brest lleva al pintor Antonio Herrera Toro de regreso a Venezuela tras sus estudios en Europa. Con él trae la inquietud de un artista que ha descubierto la «pintura al aire libre», esa radical bifurcación del arte que arranca los caballetes de los talleres para enfrentarlos directamente a la naturaleza. Herrera Toro será el primero en transplantar estos problemas de luz y percepción a la luminosidad cegadora de la zona tórrida, iniciando un camino que conduciría al futuro esplendor de Armando Reverón.
En la Caracas de 1881, una ciudad en plena transformación bajo el régimen de Guzmán Blanco, Antonio Herrera Toro descubre a Cristóbal Rojas, un muchacho de veintidós años proveniente del poblado de Cúa. Rojas vive en pobreza extrema desde su infancia, marcado profundamente por las penalidades de su familia y los trastornos de la guerra federal que ensangrentó América. Sin embargo, posee ese fuego innato que distingue a los predestinados para crear cosas nobles y bellas. Cuando Herrera Toro lo toma como auxiliar en los trabajos de la Catedral, Rojas se entrega con voracidad al aprendizaje del oficio pictórico.
El destino de ambos converge en 1883, cuando la Exposición del Centenario del Libertador ofrece la primera verdadera plataforma para artistas venezolanos. Rojas se atreve a presentar La muerte de Girardot, un ambicioso cuadro de historia que revela tanto sus deficiencias técnicas como su talento excepcional. El éxito resulta transformador: el Estado adquiere la obra, lo pensiona para estudiar en el extranjero e invierte los dos mil pesos en beneficio de su madre y hermana. Es entonces cuando conoce a Arturo Michelena, otro joven artista de Valencia con quien trabará una amistad fraterna que solo la muerte podría romper.
Pero la historia de Cristóbal Rojas será fugaz y trágica. Cuando se embarca hacia Francia, apenas siete años lo separan de la tumba. En París vivirá una aventura maravillosa y terrible, transformándose de aprendiz distinguido en joven maestro, rodeado de penalidades morales y físicas. Porta siempre una herida invisible en el alma, aquella tristeza profunda que sus amigos perciben en su mirada. Su breve paso por la historia del arte latinoamericano quedará marcado por una pregunta que nadie podrá responder: ¿qué alturas de genio hubiera alcanzado este talento en plena madurez?
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