Registro de un viaje a Real de Catorce en julio de 1980 en busca del peyote sagrado. Estas notas documentan la peregrinación por el desierto mexicano, el encuentro con la planta enteógena y la experiencia transformadora de su consumo.
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Registro de un viaje a Real de Catorce en julio de 1980 en busca del peyote sagrado. Estas notas documentan la peregrinación por el desierto mexicano, el encuentro con la planta enteógena y la experiencia transformadora de su consumo. A través de la escritura, el autor convierte la ingestión del peyote en una vivencia compartida con el lector, donde la percepción se modifica y la conciencia se expande hacia lo inefable. Un testimonio íntimo de la búsqueda de lo sagrado fuera de las seguridades del pensamiento racional.
Estas notas de viaje constituyen un registro minucioso de una peregrinación realizada en julio de 1980 hacia Real de Catorce, el histórico pueblo minero de San Luis Potosí, en busca del peyote sagrado. El autor emprende un viaje por el árido paisaje desértico mexicano siguiendo las huellas de una búsqueda espiritual milenaria que los pueblos indígenas huicholes realizan desde hace siglos. El texto comienza con la llegada a Real de Catorce, un pueblo abandonado cuyas ruinas conservan la memoria de su antiguo esplendor minero. Frente a él se alza el Cerro Quemado, conocido por los huicholes como Leunar, la montaña sagrada donde crece el peyote divino. El viaje documenta los encuentros con los habitantes locales y el esfuerzo por obtener el peyote. La narrativa se intensifica cuando el autor consume el peyote en Maroma. Describe con precisión la ingesta de la planta, el sabor amargo extremo que adormece la lengua, las náuseas y el rechazo físico del cuerpo. Pero más allá de lo físico, el texto se adentra en la transformación de la conciencia: cómo la percepción se agudiza, los colores se intensifican, y emerge un estado de conciencia doble. La experiencia es presentada no como alucinación sino como una alteración radical de la percepción que cuestiona la realidad misma. El peyote genera una escisión consciente donde el autor permanece observador y observado simultáneamente. El prólogo de Óscar del Barco contextualiza esta experiencia dentro de una tradición espiritual milenaria, enfatizando que la escritura es la propia experiencia vivida, no su representación. El lector no es observador distante sino participante directo en este itinerario de transformación. Se trata de un testimonio de acceso a lo sagrado, al espacio inefable que la racionalidad occidental ha reprimido.
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