Robert Peña no es un investigador ni pretende serlo: es un recién licenciado con un piso de puertas abiertas por el que desfila media fauna urbana de la ciudad.
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Robert Peña no es un investigador ni pretende serlo: es un recién licenciado con un piso de puertas abiertas por el que desfila media fauna urbana de la ciudad. Todo se tuerce cuando una amiga de la facultad, Gemma, lo usa como coartada ante sus padres para desaparecer un fin de semana entero, y una madrugada de lunes la policía llama a su puerta. Antes de llegar a comisaría, un disparo destinado a él mata al agente sentado a su lado. A partir de ahí, Robert queda atrapado en una trama de heroína, cadáveres y matones bien vestidos que no entiende y de la que no puede salir, con una sola certeza: quizá él sea el único que sabe dónde se esconde Gemma.
«Cualquier noche saldrá el sol» toma prestado su título de la vieja canción de Jaume Sisa —esa que se cantaba alrededor de una hoguera, entre coñac y planes para cambiar el mundo— para contar exactamente lo contrario de una noche luminosa. La novela arranca con Robert Peña, narrador y protagonista, despertado de madrugada por dos policías uniformados que le piden acompañarlos a comisaría sin decirle por qué. Robert responde primero con sarcasmo por el interfono; cuando abre la puerta y ve los uniformes, empieza una noche que no terminará en varios días.
El origen del enredo es casi banal: Gemma Piquer, antigua compañera de facultad, ha dicho a sus padres que pasaría el fin de semana estudiando en el piso de Robert. Era una excusa —una que él mismo le había ofrecido tiempo atrás—, sólo que Gemma olvidó avisarle. Cuando la coartada se rompe, Robert descubre que su amiga aparece ligada al cadáver de un pequeño traficante chileno encontrado en el muelle, que su nombre y su teléfono figuran en la agenda hallada junto al cuerpo, y que hay gente dispuesta a matar para dar con ella. Un disparo a través de la ventanilla de un coche patrulla, que acaba con la vida de un agente, se lo deja claro sin necesidad de explicaciones.
Lo que sigue no es una investigación, sino una huida hacia delante. Robert se escapa del lavabo de la comisaría por una ventana, cruza la ciudad a pie, esquiva a un grupo de skins aburridos y cae directamente en manos de los traficantes: unos hombres vestidos como ejecutivos, con música de moda en el coche y una violencia perfectamente administrada. Callar le cuesta caro; hablar le costaría más, y también le costaría la vida a Gemma. La novela alterna así el peligro real con el pulso cómico de un narrador que cuenta su propia paliza contando farolas rotas y calculando primas de seguro.
La clave del libro está en su planteamiento invertido: aquí no hay un misterio que resolver por deducción, ni un culpable que desenmascarar en el último capítulo. Lo que Robert —y con él quien lee— necesita averiguar es el porqué de cada cosa aparentemente absurda que le va ocurriendo, y por qué unos y otros lo quieren vivo o muerto según convenga. El protagonista se sabe alimentado de cine negro americano y de novelas de Agatha Christie, y esa conciencia irónica de estar haciendo el papel equivocado en la película equivocada sostiene todo el relato.
Ambientada en una ciudad reconocible de barrios obreros, comisarías de fluorescente pálido, teleférico y descampados junto al Estadio Olímpico, la novela combina el thriller de drogas con la comedia de un antihéroe que sólo quería seguir durmiendo. Su motor emocional es sencillo y eficaz: la lealtad terca hacia una amiga alocada, guapa e irresponsable, y la sospecha creciente de que ni siquiera la policía es un lugar seguro donde apoyarse.
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