Ambientada en la Península Ibérica del siglo III a. C., esta novela cruza el destino de Alor, mando supremo de la Guardia Sagrada de Kideia, con el de Deva, hija del clan celta O'Maar que sueña con aprender el arte de sanar.
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Ambientada en la Península Ibérica del siglo III a. C., esta novela cruza el destino de Alor, mando supremo de la Guardia Sagrada de Kideia, con el de Deva, hija del clan celta O'Maar que sueña con aprender el arte de sanar. Él ha blindado su corazón tras la coraza del guerrero; ella se enfrenta a un muro de obligaciones familiares que amenaza con decidir su vida por ella. Cuando sus caminos se encuentran, nace una pasión que ninguno está dispuesto a conceder, y en esa guerra de orgullos ambos arriesgan mucho más que la voluntad.
El relato abre sobre las murallas de Kideia, en el otoño de un año en que la guerra ha dejado el campo sembrado de cuerpos. Alor, mando supremo de la Guardia Sagrada, contempla al amanecer el precio de una victoria conseguida con astucia y fuego, y descubre que el silencio que sigue a la batalla pesa más que el fragor del combate. Fuerte, orgulloso y vehemente, es un hombre cuya voluntad nunca ha sido doblegada y cuyo corazón permanece resguardado tras la disciplina del soldado ibero.
Lejos de allí, en la aldea del clan O’Maar, la vida discurre al ritmo de las estaciones celtas: las chimeneas encendidas al caer la tarde, los preparativos de Ostara, el humo elevándose sobre las casas de piedra negra. Pero bajo esa calma, tres hombres de una misma familia —Lexión, el padre; Tanor, el jefe elegido por el pueblo; y Tes, el hermano comerciante que acaba de regresar de un largo viaje— discuten en susurros una decisión que nadie quiere tomar. El invierno ha sido duro, el clan ha acogido bocas que no podía alimentar, y la presión de las agrupaciones vecinas exige una alianza. El precio de esa alianza tiene nombre: Deva.
Deva es la hija menor, hermosa, intuitiva y de una voluntad tan tenaz como la de su padre. Aprendió de su madre Cara, meiga llegada de Galaica, el conocimiento de las hierbas y las lunas, pero ese saber se le ha quedado corto. Ha aprendido griego e ibero por su cuenta, persigue noticias de los sanadores helenos y sueña con el recinto consagrado a Asclepio donde los enfermos son observados con paciencia en lugar de ser juzgados por culpas divinas. Su hermano Tes, incapaz de negarle nada y a la vez atado por una palabra empeñada a la familia, le ofrece una salida que es también un cebo: un maestro griego, Polibo de Cos, vinculado a la casa de Alor en Kideia.
Lo que sigue es el pulso entre un deseo y un deber. Deva parte hacia el sur con un plazo contado en lunas y una promesa que la devolverá al criterio del clan; entre tanto perfecciona la lucha aprendida de los hoplitas, gana un combate que nadie esperaba y baila en la noche de Beltayne creyéndose libre. La revelación de lo que se ha decidido a sus espaldas llega como un veneno, y con ella la certeza de que quienes más la quieren han sido también quienes la han comprometido.
Sobre ese trasfondo de clanes celtas, ciudades iberas y mercenarios extranjeros, la novela construye el encuentro entre dos orgullos que se reconocen antes de aceptarse. La prosa alterna el aliento épico de la muralla con la intimidad de las conversaciones a media luz, y sostiene una pregunta que atraviesa el libro entero: hasta dónde puede una voluntad sostenerse sola cuando la comunidad reclama su parte, y qué queda de dos personas decididas a no ceder cuando el deseo se instala entre ellas. Una historia de pasión, lealtades enfrentadas y vocación negada, narrada con atención al detalle histórico y al pulso de los sentimientos.
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