Un militar recién ascendido acepta el cargo de magistrado residente en el suroeste de Irlanda y descubre que el puesto viene acompañado de un caserón ruinoso, una servidumbre imprevisible y un vecindario para el que la caza del zorro es…
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Un militar recién ascendido acepta el cargo de magistrado residente en el suroeste de Irlanda y descubre que el puesto viene acompañado de un caserón ruinoso, una servidumbre imprevisible y un vecindario para el que la caza del zorro es asunto de honor. Entre goteras, ruidos nocturnos y malentendidos, lo que parecía una casa encantada acaba revelando una explicación mucho más terrenal.
El relato arranca con una decisión tomada al calor de una velada agradable: un capitán en vías de ascenso acepta, empujado por las gestiones del padrino de su prometida, la plaza de magistrado residente en un rincón del suroeste de Irlanda. La promesa suena espléndida a la luz de una puesta de sol y una orquesta de cuerda; la realidad llega en forma de nueve semanas en un hotel de provincias y un sobre alargado dirigido al «Comandante Yeates, Magistrado Residente».
La casa que alquila, Shreelane, es el verdadero motor de la historia. Grande, fea y de tres plantas, llega a sus manos tras meses de obras que avanzan a base de disputas: un fontanero acusa al carpintero de robarle tubería, la reforma degenera en pelea y el propio magistrado se ve obligado a condenar a los dos contendientes en su tribunal. Cuando por fin se instala, un día de lluvia y viento de octubre, lo recibe un vestíbulo húmedo, un olor persistente a repollo y un ama de llaves cuyo discurso de bienvenida queda interrumpido por el portazo simultáneo de todas las puertas de la casa.
El casero, un joven tratante de caballos de familia numerosa y ramificada por todos los estratos del condado, se presenta bajo el diluvio con un caballo gris que el recién llegado compra menos por convicción que por resignación. En esa primera conversación surge el nombre que da título al relato: un tío abuelo que murió en la casa y que, en sus últimos tiempos, se pasaba las noches recorriendo desvanes y pasillos. A partir de entonces, el narrador atribuye a esa presencia todo lo que oye de madrugada: pasos vacilantes, manos que tantean paredes, arrastres de objetos pesados, golpes secos como de clavos en un ataúd y un traqueteo de ruedas en la avenida, sobre todo los viernes.
La vida cotidiana del magistrado se reparte entre sesiones de tribunal donde desfilan ancianas que desplumaban gansos vivos y taberneros de hospitalidad desbordada, cartas a su prometida y una lenta adaptación al frío, a la cocina de la casa y a los ratones. El equilibrio se rompe cuando la jauría del vecindario deja de encontrar zorros en su finca. Sus invitaciones a una batida de perdices son rechazadas en bloque, sin excusas, y una carta anónima de ortografía maltrecha le acusa de vender los zorros de Shreelane aprovechando su caballo, su coche y la estación del tren. La acusación, en aquel mundo, es peor que un delito común.
El relato converge en una mañana de invierno de escaleras, hollín y ruido: un deshollinador instalado en el tejado, una jauría que irrumpe por el camino de atrás y una carrera colectiva hasta las buhardillas del establo, donde una puerta pequeña en lo alto de un gablete —a la que solo se llega por una escalera de mano— guarda la respuesta a los ruidos nocturnos, al hedor a zorro y a la reputación del narrador. Contado en primera persona, con humor seco y una atención constante al habla local, el texto combina la comedia de costumbres, la crónica de un forastero que se irlandiza a su pesar y una intriga doméstica resuelta sin necesidad de fantasmas.
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