Un hombre adulto regresa, a través del sueño y la memoria, a un atardecer de su infancia en un pueblo leonés de los años cincuenta, cuando su tío Pepe lo eligió por fin para acompañarle a pescar cangrejos al río.
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Un hombre adulto regresa, a través del sueño y la memoria, a un atardecer de su infancia en un pueblo leonés de los años cincuenta, cuando su tío Pepe lo eligió por fin para acompañarle a pescar cangrejos al río. Camino de la presa, entre luciérnagas y grillos, el tío despliega su talento de fabulador y comienza la historia de Patricio y el Saco, un mendigo llegado al pueblo en la posguerra, cuya suerte quedará ligada para siempre al recuerdo de aquella noche.
La novela arranca con una voz adulta que confiesa la fragilidad de su propia memoria: de la calle La Rúa y del casco antiguo de León apenas le quedan retazos difuminados. Solo un recuerdo resiste intacto, y cada año regresa con más nitidez, hasta el punto de que al despertar el narrador cree que acaba de suceder. Es el atardecer en que el tío Pepe cargó al hombro un saco con reteles caseros y las ranas cazadas en la Lagunilla del Caliche y, contra el pronóstico del niño y las protestas de la abuela, lo llamó a él —y no a su hermano mayor— para ir de pesca nocturna al Esla.
El camino hacia la presa funciona como umbral. La chaqueta prestada que le llega por las corvas, los vientos gallegos que traen frío fuera de temporada, el soto encendido por el último sol, las luciérnagas que el tío le posa en los hombros con la promesa de saber siempre dónde encontrarlo: cada detalle sostiene una felicidad que el narrador reconoce como completa. Y allí, frente a los restos del puente que la crecida se llevó, el tío Pepe adopta su rictus de fabulador y empieza a contar.
Su relato traslada la acción al julio de 1943, con la posguerra todavía sonando en la memoria colectiva y el hambre como paisaje. Por ese puente llegó Patricio y el Saco, un muchacho vagabundo, corto de entendederas y pegado a un saco de arpillera del que nunca se separa, que habla con una cadencia rota y se presenta siempre en plural. Su primera parada es la casa de los abuelos —una carpintería a las afueras—, donde una gallina escapada y una vara de guindo bastan para que lo confundan con un ladrón. De allí sale con pan y chorizo, y con la orden de seguir camino.
Lo que viene después es una sucesión de encuentros con la crueldad cotidiana de un pueblo: el huerto vigilado por el Pachón y su escopeta de sal; la estación de la RENFE en día de feria, donde un golpe contra un tren y una herida escandalosa le procuran la limosna más abundante de su vida; y los Lecheros, la pandilla de hijos de ricos capitaneada por el Ceremonioso, que convierte la humillación de los mendigos en liturgia. Alrededor de la plaza del Charango, el relato se abre además hacia otras historias del lugar: la de Aurelia Rabadán, encerrada de niña en un convento de clausura y devuelta al mundo por una herencia, y la de Aurelio Rabadán, el criado despechado que se embarcó a Cuba jurando volver rico.
Entre la crónica de una infancia y la fábula oral, el libro avanza sin dejar claro —tampoco al narrador— cuánto hay de histórico y cuánto de invención en lo que aquella noche se contó.
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