En un pequeño pueblo construido en forma de cruz, un párroco pintor de imágenes religiosas guarda la memoria de un sacrilegio: un hombre arrojó una estatua de Cristo por una cascada años antes de la Segunda Guerra Mundial.
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En un pequeño pueblo construido en forma de cruz, un párroco pintor de imágenes religiosas guarda la memoria de un sacrilegio: un hombre arrojó una estatua de Cristo por una cascada años antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando ese hombre perdió sus brazos en la contienda, el párroco vio en ello el castigo divino y lo inmortalizó en un monumento del Infierno. Sobre este telón de fondo de culpa colectiva y tradiciones rurales, la novela despliega una genealogía de tragedias familiares vinculadas por la recolección de huesos: suicidios, muertes en batalla, historias de violencia y sufrimiento que se transmiten de generación en generación en el corazón de Carintia.
En el corazón de Carintia, en un pueblo construido en forma de cruz, convergen la historia colectiva y las tragedias personales de varias generaciones. El eje de esta novela es un acto de sacrilegio: años antes de la Segunda Guerra Mundial, un hombre arrojó una estatua de Cristo de tamaño natural por una cascada. Aunque los brazos de la escultura nunca fueron encontrados, el párroco, pintor de imágenes religiosas, halló en el lecho del arroyo el torso mutilado y lo exhibió a la entrada de su parroquia como testigo del crimen. El párroco interpreta los eventos posteriores como manifestación de la justicia divina: el sacrílego pierde ambos brazos en la Segunda Guerra Mundial y debe vivir con prótesis de madera y ganchos de hierro, alimentado hasta el final de sus días por su familia. Obsesionado por esta conexión entre pecado y castigo, el párroco levanta un monumento del Infierno en el centro del pueblo, donde retrata al profanador tendido en llamas con un demonio vertiéndole hiel en la boca. La novela estructura sus capítulos alrededor de una tinaja donde se hierven huesos, el recipiente donde se prepara el pandapigl, caldo que los campesinos utilizan para proteger a sus caballos de insectos. Sobre estos huesos de animales, un coleccionista llamado Maximilian deposita los restos de sus ancestros, creando un archivo macabro de la historia familiar. A través de fragmentos de memoria, la novela reconstruye vidas truncadas: Paula Rosenfelder, que se suicida durante la gripe española; August, alcohólico que termina ahorcándose; Ludmilla Felfernig, joven de quince años que se precipita en las aguas del Drave. Cada historia se entrelaza con tradiciones rurales, procesiones de santos y la omnipresencia de la culpa religiosa. Bajo las enseñanzas del párroco sobre el castigo divino, el pueblo vive en la sombra del monumento del Infierno, donde la religión no ofrece consuelo sino terror, y donde los cuerpos de los antepasados se reducen a polvo en caldos rituales.
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