Saïd Sayrafiezadeh cuenta la extraordinaria historia de su infancia en la Nueva York de los años setenta: hijo de un militante revolucionario iraní que abandonó a su familia para servir a la causa socialista, y de una madre judeoamericana…
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Saïd Sayrafiezadeh cuenta la extraordinaria historia de su infancia en la Nueva York de los años setenta: hijo de un militante revolucionario iraní que abandonó a su familia para servir a la causa socialista, y de una madre judeoamericana que inmolaría su propia vida en el altar de la revolución mundial. Entre la pobreza deliberada, los boicots políticos impuestos desde la infancia y la promesa de que «cuando llegue la revolución habrá patines para todos», un niño americano descubre que los ideales absolutos pueden ser tan crueles como cualquier otra forma de tiranía.
Saïd Sayrafiezadeh nació en los setenta en Nueva York en el seno de una familia dividida por la política. Su padre, Mahmoud, un intelectual iraní profesor de matemáticas, era miembro del Partido Socialista de los Trabajadores. Convencido de que la revolución socialista en Estados Unidos era inminente, lo abandonó todo—su matrimonio, la infancia de su hijo—para dedicarse por completo a la causa revolucionaria. Con veinticuatro horas de aviso, desapareció de la vida familiar.
Su madre, Martha Harris, una judía norteamericana de Mount Vernon, no se quedó rezagada. Lejos de buscar otro compañero que reemplazara al ausente, permaneció fiel a la promesa de que el padre regresaría cuando la revolución triunfara. Mientras tanto, sacrificó su vida entera a la lucha: su sexualidad, su afecto, su tiempo, sus aspiraciones. También sacrificó la de su hijo, a quien educó no en una casa, sino en un templo político donde cada decisión cotidiana era una batalla ideológica.
El pequeño Saïd creció entre exigencias contradictorias: debía ser pobre de corazón y rico de conciencia, despreciar los lujos pero anhelarlos en secreto, someterse a boicots infantiles en solidaridad con trabajadores agricultores que nunca conocería. Cuando pidió un monopatín—ese objeto mundano y codiciado—su madre respondió con una frase que se convertiría en el eje de esta memoria: «Cuando llegue la revolución habrá patines para todos». No era una negativa; era una promesa que la revolución nunca cumpliría, una forma de suspender indefinidamente el deseo en nombre de un futuro que nunca llegaba.
A través de encuentros ocasionales y postales desde capitales revolucionarias del mundo, Saïd fue reconstruyendo la figura de su padre ausente, un hombre que ganaba casi todas las partidas de scrabble pero que no tenía tiempo para cenar con su hijo. Mientras su madre luchaba contra el imperialismo y recolectaba anuncios de descuentos en los supermercados, mientras se aferraba a dos colecciones completas de Lenin y Marx, el muchacho fue asimilando que el deber revolucionario era superior a cualquier afecto personal, que sacrificar la infancia de un hijo por la emancipación futura de la clase trabajadora era no solo justificable sino moralmente exigido.
Esta es una memoria sobre el choque entre los ideales radicales y la realidad humana, sobre lo que sucede cuando la política invade hasta los rincones más íntimos de la vida familiar, y sobre cómo un niño aprendió a medir su valor, sus deseos y su propio sentido de pertenencia en las escalas de la lucha de clases.
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