En el Buenos Aires de 1828, Mercedes Saavedra Thompson descubre en una siesta de enero un deseo que no sabe nombrar: el hombre que llega a la casa familiar es el prometido de su hermana mayor.
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En el Buenos Aires de 1828, Mercedes Saavedra Thompson descubre en una siesta de enero un deseo que no sabe nombrar: el hombre que llega a la casa familiar es el prometido de su hermana mayor. Judith Mendoza-White teje, entre el rigor del decoro y la fiebre de lo indecible, la historia de una pasión que nace condenada y de una joven que no cabe en el molde que le fue asignado.
Todo empieza con el calor. Una siesta de enero de 1828, la casa de los Saavedra desbordada de parientes llegados para el compromiso de Sofía, la primogénita, y una muchacha que no consigue dormir. Mercedes se desliza al balcón, se libera del camisón bajo el sol, y desde allí observa a un desconocido de coleta rojiza que ha bajado de la diligencia. Minutos después sabrá su nombre —Mariano Andrade— y sabrá también que es el hombre con quien su hermana se casará en ocho días.
Sobre esa escena mínima, la novela levanta un mundo entero. La casa grande de Buenos Ayres, con su vajilla inglesa reservada para las ocasiones y su patio de naranjas amargas que no se comen porque son de adorno, funciona como escenario y como jaula: allí las hijas se peinan para ser vistas, se bordan mantos para las santas, se hacen cincuenta frascos de dulce que alcanzarán todo el invierno, y el cuerpo es un territorio que doña Asunción Thompson de Saavedra ha decidido no explorar nunca. Madre de nueve partos y cinco hijas vivas, la dama vigila cuellos cerrados y medias gruesas con la convicción de que la decencia se administra como una casa. Su segunda hija la desconcierta y la asusta: Mercedes lee lo que no debe, ríe más fuerte de lo permitido, y —peor aún— no advierte que sus rarezas son indignas de su clase.
La autora alterna registros con notable libertad. Hay capítulos en tercera persona y pasado, de trazo realista y detalle sensorial; hay pasajes en presente que se acercan tanto a la conciencia de Mercedes que el mundo exterior se deshace en objetos y la escena de la petición de mano se cuenta doble, la real y la deseada, superpuestas hasta el delirio: la fuente de buñuelos, la rosa azul de zafiros en el dedo de Sofía, el caballo que galopa hacia un horizonte de árboles azulados llevándose dos cuerpos abrazados. Hay, también, el acta de matrimonio transcripta con su prosa notarial, la maquinaria del orden dejando constancia de lo consumado. Y hay un diario, en el que Mercedes anota lo que no puede decir en voz alta: las uñas clavadas en las palmas para no tocarlo, la gata Victoria que engorda de gatitos, el alivio inmenso de los días en que Mariano viaja y ella recupera algo parecido a la paz.
Ese diario contiene el corazón del libro. Mercedes descubre, en la tregua, una verdad más amarga que el deseo: que fue feliz sin saberlo, y que la angustia no admite final imaginable. Deseará que llueva todo el invierno para que las calles de barro mantengan lejos a los recién casados; se preguntará por qué no supo reconocer la dicha cuando la tenía. Alrededor, la novela deja ver sin subrayados las otras vidas de la casa —Dominga, Julián, las criadas adolescentes que sostienen abanicos y palanganas—, libres por ley y sirvientes por costumbre, mirados por sus amos con una mezcla de desprecio y desconocimiento que el relato registra sin absolver.
Con una prosa atenta al olor del papel viejo, al roce de las faldas contra las paredes y al ruido de los sapos que anuncian lluvia, Judith Mendoza-White escribe una historia de amor imposible que es también un retrato del precio de nacer mujer en una familia decente. Dedicada a los abuelos de la autora y abierta con un verso de Borges sobre la lluvia que cae en todos los ayeres, la novela sostiene desde el título una promesa y una condena: hay algo que solo podrá ocurrir cuando pase la lluvia, y nadie sabe cuánto durará.