Eleuterio Sánchez, conocido como «el Lute», reconstruye en primera persona una vida marcada por el hambre, la marginación de los mercheros y dieciocho años de prisión tras una condena a muerte dictada por un consejo de guerra en 1965.
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Eleuterio Sánchez, conocido como «el Lute», reconstruye en primera persona una vida marcada por el hambre, la marginación de los mercheros y dieciocho años de prisión tras una condena a muerte dictada por un consejo de guerra en 1965. Desde la Sección Abierta de Alcalá de Henares, el autor repasa fugas, torturas, alfabetización tardía y el peso de un mito que nunca eligió, en un relato donde la cultura aparece como la única evasión verdadera.
Nacido en 1942 en el barrio salmantino de los Pizarrales, en el seno de una familia merchera analfabeta, Eleuterio Sánchez aprendió el hambre antes que las letras. Este volumen de memorias y ensayo recorre esa biografía a saltos deliberados —el autor renuncia a la cronología estricta en favor del argumento— desde la infancia de chabola y cabrero en Las Hurdes hasta la vida de un hombre libre ya entrado el siglo XXI.
El eje del relato es la desproporción entre el acto y el castigo: una piedra lanzada contra el escaparate de una joyería madrileña, un robo con resultado de muerte en el que el autor sostiene no haber disparado, y una condena a muerte dictada en 1965 al amparo de la Ley de Bandidaje y Terrorismo, en un consejo de guerra donde su defensor fue un militar sin formación jurídica y donde firmó —o no pudo firmar— una sentencia que no sabía leer. Vienen después los penales, las fugas célebres, el salto del tren, los años de clandestinidad, un colector habitado con ratas, y las torturas descritas sin eufemismos, con los curas siempre presentes para bendecir la barbarie.
Frente a ese itinerario se levanta la otra fuga, la que el autor considera decisiva: la del cerebro. La alfabetización comenzada a los veintidós años en la prisión del Dueso abre paso a los clásicos, a los filósofos alemanes, a los novelistas rusos y sobre todo a Cervantes, con quien el narrador reconoce un paralelismo íntimo; después llegarán el bachillerato y los estudios de Derecho, arrancados a un sistema que le puso zancadillas. La cárcel, insiste, no rehabilitó nada: se formó a pesar de ella.
El libro arranca su acción con el traslado a la cárcel de régimen abierto de Alcalá de Henares y el desconcierto de una libertad concedida a plazos, y se detiene largamente en la construcción del personaje público: la avalancha de prensa que lo desborda, la figura de cera exhibida sin permiso en una galería de asesinos famosos y el artículo clandestino que le costó treinta días de aislamiento. De ahí una reflexión sostenida sobre el mito y la persona, dos criaturas que —concluye— no pueden cabalgar juntas. Queda al final una petición sobria: que se declare nulo aquel proceso.
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