En el verano de 1966, en una granja lechera aislada de las montañas de la Columbia Británica, la llegada a pie de un joven estadounidense de pelo largo altera para siempre el equilibrio de una familia numerosa y devota.
Descargar
En el verano de 1966, en una granja lechera aislada de las montañas de la Columbia Británica, la llegada a pie de un joven estadounidense de pelo largo altera para siempre el equilibrio de una familia numerosa y devota. Treinta y siete años después, con su madre agonizando en el hospital del pueblo, Natalie regresa a Atwood y se enfrenta a la pregunta que nadie ha formulado en voz alta: cómo pudo no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo bajo su propio techo.
Todo empieza con una figura que aparece entre las oleadas de calor de una carretera de tierra: un desconocido con una bolsa de deportes al hombro y una funda de guitarra golpeándole la espalda. Natalie tiene catorce años, está a punto de cumplir quince, y observa desde el porche cómo su madre —peinada con esmero, con un toque de colorete que no lleva los días de colada— finge no esperarlo. Es julio de 1966 y la palabra «hippy» acaba de entrar en su vocabulario, junto con los rumores de jóvenes que cruzan la frontera, dos kilómetros y medio al sur, huyendo del reclutamiento para Vietnam.
La novela reconstruye ese mundo con una precisión casi táctil: cuatrocientos acres en un valle estrecho de las montañas Cascade, el olor a establo y leche agria adherido a la ropa y a la casa, el rosario rezado cada noche sobre el linóleo floreado, la puerta de la cocina que se cierra de golpe a las cinco menos diez cuando el hermano mayor sale hacia el ordeño. Los tres hermanos son rehenes del horario de las vacas; la madre, conversa católica con el fervor de quien ha encontrado por fin un hogar, se niega a perder otro hijo en la granja y contrata al único que responde a su anuncio de dos líneas en el semanario local. El padre no discute, pero la forma en que se encasqueta el sombrero al salir dice todo lo que no dice.
Lo que sostiene el relato es la mirada de una niña que ve más de lo que entiende. Natalie descifra a su familia por sus objetos y sus ruidos: los bolsillos que su madre vacía el día de la colada —briznas de tabaco, cerillas rotas, un condón que aparece devuelto sobre una almohada recién cambiada—, las rejillas del techo que filtran hacia el segundo piso lo que ocurre en el dormitorio de los padres, los tres estornudos ahogados con que su madre contiene las lágrimas, los paseos nocturnos que nadie comenta. «La ropa sucia le entregaba todos nuestros secretos», comprenderá mucho después. La ironía es que la lectora de secretos también tenía los suyos.
En contrapunto, octubre de 2003. Natalie, periodista freelance instalada a quince horas de autobús de su infancia, recibe la llamada de un hermano con quien lleva más de tres décadas hablando del tiempo y del estado de las carreteras para no hablar de lo demás. Vuelve a Atwood, donde su hija ha hecho la vida que ella pasó años evitando, y donde su madre se hunde y emerge entre las drogas de la unidad de cuidados intensivos, atrapada en un sueño en el que oye llorar a un recién nacido y cuenta las pisadas de una hija que se marcha por las escaleras del porche sin que ella logre llamarla.
De esos dos tiempos —el «antes» perfecto y el «después» que no se nombra— surge una novela sobre la culpa heredada, el silencio como forma de amor y de daño, y las cicatrices tan cerradas que reabrirlas parece cortar carne sana. La geografía los hizo vecinos; la historia, algo bastante más complicado que amigos.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.