Un profesor de matemáticas y física convierte la curiosidad en método: cuarenta preguntas cotidianas —por qué el vecino del bajo envejece más despacio, a qué temperatura hierve el agua en el Everest, cuántos megapíxeles tiene el ojo, por…
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Un profesor de matemáticas y física convierte la curiosidad en método: cuarenta preguntas cotidianas —por qué el vecino del bajo envejece más despacio, a qué temperatura hierve el agua en el Everest, cuántos megapíxeles tiene el ojo, por qué las batallas de Star Wars no deberían oírse— sirven de excusa para explicar relatividad, presión, óptica y ondas con ejemplos de cine, música y redes sociales. Divulgación accesible, con humor y guiños para clase.
Hay libros que responden preguntas y libros que enseñan a hacerlas. Este pertenece decididamente al segundo grupo. Su autor, ingeniero antes que profesor de matemáticas y física, parte de una convicción sencilla: la ciencia empieza cuando alguien se niega a aceptar la primera explicación que le ofrecen.
El recorrido arranca con una idea inquietante: el tiempo no es el metrónomo rígido que sugieren nuestros sentidos. De la mano de la relatividad especial y general aparecen la dilatación temporal, la paradoja de los gemelos, el experimento de Hafele y Keating con relojes atómicos a bordo de aviones comerciales, los muones que llegan al suelo en cantidades imposibles y el planeta de Miller de “Interstellar”, donde una hora equivale a siete. De ahí la conclusión traviesa que da título al primer capítulo: vivir en un bajo tiene ventajas cronométricas.
Después el foco baja a lo doméstico sin perder ambición. ¿Por qué hierve un líquido, y qué tienen que ver la sal de la cocina, el barómetro de Torricelli y la altitud del Everest con esos 100 grados que memorizamos en el colegio? El salto estratosférico de Felix Baumgartner permite explorar qué ocurre realmente con los fluidos del cuerpo en el límite de la atmósfera, lejos de la mitología del cine. Otro capítulo desmonta la comparación entre el ojo y una cámara —conos, bastones, retina, los 576 megapíxeles estimados— y aprovecha para separar la evolución del diseño inteligente. Y un cuarto se pregunta por el ruido de los cazas rebeldes: sin medio que propague la onda, el espacio es puro silencio, como supieron ver Kubrick y Cuarón.
El tono es lo que distingue el conjunto. Cada tema alterna la explicación rigurosa con recuadros de curiosidades, trucos pensados para el aula, apuntes de cultura popular y una selección de respuestas reales que los lectores enviaron por redes sociales, muchas desternillantes. La escuela pitagórica, el número pi y el teorema que ya usaban babilonios y egipcios completan un catálogo donde la historia de la ciencia convive con el humor.
El resultado no aspira a agotar ningún tema, sino a abrir apetito: un manual de asombro para estudiantes, docentes y cualquiera que siga mirando el mundo con ganas de entenderlo.
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