Reunión de textos de Ricardo Alarcón —un artículo de prensa y una intervención parlamentaria de finales de los años noventa— que exponen, desde la perspectiva oficial cubana, cómo se concibe allí la democracia.
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Reunión de textos de Ricardo Alarcón —un artículo de prensa y una intervención parlamentaria de finales de los años noventa— que exponen, desde la perspectiva oficial cubana, cómo se concibe allí la democracia. El volumen abre con un contrapunto de citas clásicas sobre el gobierno del pueblo y desarrolla después dos ejes: la permanencia de la Revolución tras el derrumbe soviético y una descripción minuciosa del sistema electoral y de la vida asociativa de la isla.
El libro se organiza como una argumentación en capas. Antes del primer texto, un mosaico de citas —Pericles referido por Tucídides, Rousseau, Martí y el propio autor— plantea la tensión que atraviesa todo el conjunto: la distancia entre la democracia como ideal y su ejercicio efectivo, y la dificultad de sostener la participación permanente de los ciudadanos en los asuntos públicos.
El primer trabajo, publicado en Bohemia en diciembre de 1998, revisa las cuatro décadas transcurridas desde 1959 y se pregunta por qué la Revolución no siguió la suerte del socialismo europeo. La respuesta que ofrece el autor tiene dos partes: el proceso cubano no habría sido una importación sino un resultado de la historia nacional, y su continuidad se explicaría por la cohesión entre el pueblo y su dirigencia frente a lo que describe como un cerco económico y político sostenido. La prosa es polémica: nombra a los pronosticadores del derrumbe, ironiza sobre los conversos al pensamiento único y cierra con una sentencia martiana.
La segunda pieza, una intervención ante presidentes de parlamentos iberoamericanos reunidos en Montevideo en mayo de 1998, cambia de registro y se vuelve expositiva. Recorre primero una genealogía histórica: el retraso del independentismo por el anexionismo y la oligarquía esclavista, las guerras iniciadas en 1868 y 1895, las constituciones de la manigua —Guáimaro, Baraguá, Jimaguayú, La Yaya— como escuela temprana de deliberación, y el desenlace frustrado de 1898. Sobre esa base describe el mecanismo institucional vigente: inscripción automática de electores, candidatos propuestos en asambleas vecinales, ausencia de campañas individuales, escrutinio público, urnas custodiadas por niños, representantes no remunerados y sujetos a rendición de cuentas y revocación. Acompaña la exposición con cifras de los comicios de 1997 y 1998.
El tramo final desplaza el foco de las urnas a lo que el autor llama cultura participativa: asambleas sindicales, organizaciones de masas, congresos sectoriales y los «parlamentos obreros» de 1994, presentados como respuesta colectiva a la crisis económica de la década. Es un texto de posición, de interés sobre todo como documento de la manera en que el propio Estado cubano explica y defiende su modelo político ante interlocutores extranjeros.
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