Un viajero sin nombre desembarca en Veracruz con un petate, una bolsa atada al cuello y ningún pasado que declarar. De ahí en adelante avanza en motocicleta por el sureste mexicano, midiendo su trayecto en kilómetros entre los lugares…
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Un viajero sin nombre desembarca en Veracruz con un petate, una bolsa atada al cuello y ningún pasado que declarar. De ahí en adelante avanza en motocicleta por el sureste mexicano, midiendo su trayecto en kilómetros entre los lugares donde algo mereció ser contado: una cantina en duelo, una isla de monos aulladores, una boda en la playa, una casa señorial con una cocina secreta. Un relato de viaje donde lo real supera con holgura a lo inventado.
Cuentakilómetros se abre con una advertencia de método: lo triste o lo alegre de una historia no depende de los hechos, sino de quien los registra. A esa idea se ajusta su protagonista, un extranjero del que nunca sabremos el nombre ni el motivo verdadero del viaje. Llega a Veracruz al amanecer, con un petate por todo equipaje y una bolsa colgada al cuello cuyo contenido tardará en revelarse. No busca nada concreto: quiere, dice, empezar a desaparecer de nuevo.
Cada capítulo lleva por título un lugar y va encabezado por una cifra: la suma de kilómetros recorridos por carretera entre los puntos donde ocurrió algo digno de anotarse. El resultado no es un itinerario turístico sino una contabilidad de encuentros. En el puerto, un camarero le vende —a cambio de unos billetes de más— la historia del dueño de la cantina, un pescador tullido que soltó los frenos de su silla de ruedas antes que soltar el sedal. En Catemaco, un barquero ebrio lo abandona en una isla prohibida de monos aulladores y no vuelve a buscarlo. En una ciudad petroquímica del golfo, una leyenda sobre un sacerdote de barba roja se le aparece al día siguiente vestida de sotana. Más al sur, un banquete de bodas convierte el horror en costumbre; en Villahermosa, una familia que se proclama europea cena en francés platos cuya materia prima se retuerce, viva, en la cocina del sótano.
El libro trabaja ese filo. El viajero observa sin escandalizarse, paga por los relatos, corrige poco y juzga menos, y esa distancia permite que lo insólito se acumule sin perder verosimilitud: coincidencias que parecen guiños del azar, mitos antiguos que se cumplen a destiempo, supersticiones que aciertan. La prosa es seca y atenta al detalle material —el calor, los mosquitos, la luz engañosa sobre el agua, el olor de las especias—, y deja que el sentido llegue después, cuando el lector suma las cifras por su cuenta.
Un recorrido por el sureste mexicano escrito como quien mira el cuentakilómetros: sin énfasis, sin moraleja y con la certeza de que la realidad es la más convincente de las ficciones.
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