En un Hong Kong portuario saturado de drogas de diseño, tres tripulantes de un hidrodeslizador de carga celebran una travesía difícil y terminan cruzando la puerta de un burdel de cuerpos conservados.
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En un Hong Kong portuario saturado de drogas de diseño, tres tripulantes de un hidrodeslizador de carga celebran una travesía difícil y terminan cruzando la puerta de un burdel de cuerpos conservados. Lo que para sus compañeros es una curiosidad más del catálogo, para el narrador se convierte en un vínculo imposible con una desconocida que sonríe y no responde. F. M. Busby construye desde ahí un relato breve, incómodo y extrañamente elegíaco sobre el deseo de ser escuchado.
«Cuéntamelo todo de ti» (Tell Me All About Yourself, 1973) transcurre en un futuro cercano donde la química recreativa se compra por variedades y catálogos, y donde el comercio ha encontrado un nicho más: las «Necs», casas discretas que alquilan cuerpos conservados, clasificados por categorías según su grado de deterioro. Dale, el narrador, llega hasta una de ellas arrastrado por Charlie —el compañero que empuja, provoca y nunca acepta un no— y por Vanee, cuya sonrisa vacía funciona como un asentimiento perpetuo. La escena de la recepción, con su mostrador de hotel, sus fajos de fotografías y su cortesía comercial impecable, fija el tono: lo monstruoso se administra aquí con la naturalidad de un servicio más.
Dale elige, tras dudar mucho, a una muchacha muy joven que la encargada le ofrece como artículo especial. Lo que ocurre en la habitación numerada no es lo que él había ido a buscar. Frente a un rostro que conserva una sonrisa inexplicablemente feliz, el narrador empieza a hablar: pregunta quién fue, qué quería, qué puede darle. El silencio que recibe a cambio no lo aparta, lo enamora. A partir de ese momento el relato abandona la sordidez del prostíbulo y se convierte en otra cosa: la crónica de un hombre que decide que nadie más volverá a mirar esa fotografía en el fajo de las disponibles, y que asume las consecuencias de esa decisión hasta el final, en una noche de bahía, bote y fuego.
Busby escribe en primera persona, con frases cortas y una llaneza casi documental que evita el subrayado moral. No hay denuncia explícita ni redención: hay un hombre que confunde la ternura con la posesión y que dice «era mía, ahora» sin advertir que acaba de repetir, en clave sentimental, la misma lógica del catálogo del que quiso rescatarla. El texto trabaja ese equívoco con frialdad, y de ahí extrae su incomodidad más duradera.
El resultado es un relato de ciencia ficción social —el subgénero que imagina qué mercados aparecerían si cayera un tabú— cruzado con una historia de amor imposible por definición. El título es también su tesis: lo que el narrador quiere no es un cuerpo sino una respuesta, y ha ido a buscarla al único sitio donde nadie puede dársela. Publicado en 1973 y recogido en castellano en Nueva Dimensión 137, con traducción de Sebastián Castro, conserva la aspereza de la ciencia ficción más incómoda de aquella década.