Un chico vuelve de un viaje y encuentra vacía la silla del abuelo; una nena se niega a reconocer a su madre en la mujer blanca del cajón; un padre enfermo mide lo que le queda de vida en el agujero del zapato de su hijo.
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Un chico vuelve de un viaje y encuentra vacía la silla del abuelo; una nena se niega a reconocer a su madre en la mujer blanca del cajón; un padre enfermo mide lo que le queda de vida en el agujero del zapato de su hijo. Estos relatos breves miran de frente la muerte y, sobre todo, lo que sigue después: los objetos repartidos, las cortinas nuevas, el piano vendido. Escritos en un castellano rioplatense de voseo y ternura, arman un mapa íntimo de la ausencia y de las razones para seguir.
Reunidas en un solo volumen, estas piezas breves —a mitad de camino entre el cuento, la carta y la confesión— giran alrededor de una misma pregunta que un chico formula en la primera página y nadie le contesta: si la muerte es para siempre.
La respuesta llega, oblicua, a lo largo del libro. Un nieto regresa de las vacaciones y descubre que al abuelo lo fueron sacando de la casa que él mismo mandó construir: el reloj se lo llevó un tío, el rifle otro, la ropa fue al Ejército de Salvación, la cama de bronce dejó lugar a una cuna y, al final, vendieron el piano. Una nena que se esconde detrás del flequillo es llevada a besar una mejilla fría y decide, con una lógica infantil que resulta más exacta que la de los adultos, que esa mujer de piedra no es su madre. Un obrero al que un médico le dio dos meses de vida se desvela por un jornal que no alcanza y por un zapato roto. Una mujer mira por la ventana de un cuarto de hospital, sabe que la operación no servirá de nada y acepta pasar por ella para que sus hijos queden en paz. Un hombre de treinta y cinco años ve por televisión el primer pie sobre la Luna y reconoce ahí, sin decírselo a nadie, el pie de su abuelo fabulador.
La voz que sostiene todo esto cambia de cuerpo —chico, nena, obrero, enferma, amiga— pero conserva un mismo tono: rioplatense, de voseo, sin solemnidad ni consuelo fácil. Nadie explica la muerte; se la rodea con lo que dejó atrás. El duelo aparece siempre en objetos y gestos mínimos: una pipa rescatada de la basura y guardada en la caja de los soldaditos, unas cortinas con escarabajos verdes, el olor a flores pegado a las paredes, una silla vacía en la mesa, la ropa tendida que infla el viento en las terrazas vecinas.
Frente a las despedidas —un abuelo, una madre, un amigo muerto a los veintiséis, una chica de ojos grises que solo era un verano, una hija detenida para siempre en los nueve años— el libro no ofrece metafísica sino una conclusión terca y humilde: vivir sirve para esto tan simple que es vivir. Un conjunto de textos cortos, de lectura rápida y resonancia larga, sobre la memoria, la familia y la manera en que los ausentes siguen ocupando lugar.
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