Julieta pierde a su gato tras seis años de compañía y, en la banca de un parque, un desconocido la abraza por error creyendo que es otra persona. El malentendido le deja un dije de plata con forma de pingüino y el inicio de una relación…
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Julieta pierde a su gato tras seis años de compañía y, en la banca de un parque, un desconocido la abraza por error creyendo que es otra persona. El malentendido le deja un dije de plata con forma de pingüino y el inicio de una relación con Mark, un joven despreocupado, distraído y sorprendentemente atento. Entre desayunos en una fonda de decoración árabe, tareas de diseño resueltas a cuatro manos, cenas improvisadas bajo las estrellas y un noviazgo que se declara casi solo, la novela sigue el nacimiento de un amor cotidiano, sensual y lleno de humor.
«Danzando sobre los árboles», de A. Macklaus, comienza con una pérdida y un error. Julieta lleva cuatro días sin Karlo Magno III, el gato que durante seis años la despertó caminando sobre sus piernas y la arrulló con sus ronroneos. Sentada en la banca de un parque, con la mirada extraviada entre las copas de los árboles y una paloma regordeta posada en la rama más alta, dos brazos la rodean por sorpresa: un beso en la mejilla, un «Feliz cumpleaños» susurrado al oído y un objeto metálico depositado en su mano. No es su cumpleaños. El joven se disculpa, huye gritando perdón y la deja con un dije de plata en forma de pingüino que Julieta, casi por instinto, levanta hacia el lugar exacto donde estaba el ave. La imagen —un pingüino coronando un árbol— le devuelve la sonrisa que creía perdida.
Ese pingüino se convierte en talismán y en costumbre: no hay mañana en que no lo cuelgue del cuello antes de salir. Un mes después, camino a la universidad, reaparece el dueño del regalo. Es Mark —Marco Antonio Solano, que se resiste a la broma del apellido tanto como ella carga con el suyo, Venegas—, un estudiante de desarrollo de software desaliñado, algo tosco y de una franqueza desarmante. Se lo confiesa sin rodeos: aquel dije era el regalo de aniversario para su entonces novia, y acabó en manos de Julieta por pura confusión. El malentendido le costó la relación; a él no parece pesarle.
De ahí en adelante la novela avanza por escenas mínimas y luminosas. Un desayuno en una fonda de decoración árabe, siempre vacía, donde Julieta va a leer y se pone los lentes para mirar los dibujitos del menú. Una jornada entera de trabajo en una cafetería, resolviendo la imagen de una marca ficticia de vino blanco entre vasos apilados y bocetos desechados, con Mark deslumbrado por la destreza de Julieta con el software de diseño. Un carrito de supermercado, una pasta con tocino y pollo cocinada a cuatro manos, y la aparición inesperada de Margarita, la madre de Julieta, que ya conocía a Mark de su clase de yoga y escucha de labios de él, antes que de nadie, que ahora son novios. Y una cita nocturna en el mismo parque del principio: mantel de cuadros, una vela, bísquets y refrescos bajo las estrellas, un beso largo interrumpido por el grito profético de un vagabundo que anuncia auditorías para todos.
Entre esos encuentros, el relato se detiene en la intimidad de Julieta con una franqueza explícita: la fantasía a solas en su cuarto, el baño de espuma donde escribe el nombre de él y se reprocha haber dejado de escribir el suyo sin compañía. La novela alterna las voces internas de ambos —ella preguntándose por qué le atrae tanto alguien de quien no conoce gustos ni aspiraciones; él decidiendo hacerla feliz porque ella lo empuja a ser mejor— y les concede el mismo peso al deseo, al humor grosero y a la ternura.
Es una historia de proximidad: dos personas que vivieron a cinco cuadras de distancia toda la vida sin cruzarse, unidas por un abrazo equivocado. Bajo la comedia romántica late el duelo por el gato, la orfandad afectiva de una casa con notas en el refrigerador y la sensación, compartida por los dos, de que nada de esto termina: apenas empieza.
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