Un guerrero vampiro atropella por accidente a una mujer humana que huye de alguien decidido a matarla, y en el instante en que la levanta del asfalto empieza la historia de amor que definirá —y desgarrará— el resto de su existencia.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Un guerrero vampiro atropella por accidente a una mujer humana que huye de alguien decidido a matarla, y en el instante en que la levanta del asfalto empieza la historia de amor que definirá —y desgarrará— el resto de su existencia. Narrada desde el otro lado de la muerte por el propio protagonista, esta novela reconstruye el origen de una promesa cumplida durante décadas: la de un padre que jamás dejó de vigilar a su hija.
Caldwell, Nueva York, mayo de 1981. Darius, hijo de Tehrror, lleva siglos cumpliendo con precisión su papel de guerrero: pelear contra los asesinos sin alma que cazan a su especie, alimentarse sin deseo, dormir bajo tierra y volver a empezar. Por dentro, sin embargo, se ha convertido en un objeto inanimado dentro de su propia vida, y ni el noble propósito de proteger a un rey que se niega a gobernar consigue romper esa anestesia. La única grieta de placer que se permite es un coche nuevo, esperado durante meses como un niño espera un regalo, y la decisión —absurda para alguien capaz de desmaterializarse a voluntad— de conducirlo por el camino largo.
Esa noche, una figura cruza la calzada y el impacto lo cambia todo. La mujer que queda tendida sobre la línea amarilla se presenta como Anne, aunque su nombre completo cargue con burlas de infancia que aprendió a esquivar; está herida, no tiene bolso ni dinero, y su primera súplica no es por un médico, sino por protección: alguien la persigue, y ese alguien quiere matarla. Darius la lleva a urgencias en un taxi conducido por un hombre malhumorado que se niega a parecerse a quien todos dicen que se parece, y en el trayecto ambos descubren lo que ninguno esperaba encontrar esa noche: una conversación que no quieren que termine.
Lo que sigue se construye con materiales pequeños y decisivos. Una sala de urgencias dividida por cortinas verdes. Una bata de hospital demasiado grande. Un zapato perdido. La tentación —resistida— de entrar en la mente de ella para averiguar lo que no quiere contar. La sospecha de que ciertas marcas en su cuello no las dejó el coche. Y, al otro lado de la cortina, el reconocimiento silencioso entre dos criaturas que saben lo que la otra es, señal de que el secreto de Darius no aguantará mucho más cerca de esta mujer.
La novela se abre y se sostiene con una voz que ya conoce el final. Darius habla desde después: sabe que amó, que hubo una hija nacida en el lecho de muerte de su compañera, que él mismo murió más de veinte años después intentando protegerla, y que negoció su regreso a la tierra en otra forma para seguir cumpliendo una única promesa —velar por su joven— desde la distancia de una lente fotográfica y el turno de noche. Confiesa también, con una honestidad incómoda, que si hubiera sabido un segundo antes lo que le esperaba, probablemente habría escogido otro camino; y admite que eso es apenas un reflejo, no la verdad.
Ahora que su hija tiene una vida plena, un rey que la ama, un hijo y un hogar, ese narrador sospecha que su tarea está cumplida, y regresa al pasado para reconstruirlo con exactitud obsesiva: los tonos de voz, los roces, los latidos, incluso los olores. No por nostalgia, sino porque necesita decidir si por fin puede liberarse de su deber en la tierra e ir a buscar a su amada al otro lado —si ella lo acepta, y si allí lo espera algo.
Un romance sobrenatural que funciona a la vez como historia de origen y como elegía: la crónica de cómo empezó un amor, contada por quien ya pagó su precio completo.