Un director de escena recorre su relación de toda una vida con Federico García Lorca —desde las canciones populares que le cantaba su madre hasta los ensayos, las giras y las conversaciones con quienes conocieron al poeta— para construir…
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Un director de escena recorre su relación de toda una vida con Federico García Lorca —desde las canciones populares que le cantaba su madre hasta los ensayos, las giras y las conversaciones con quienes conocieron al poeta— para construir un retrato íntimo, hecho de memoria personal y oficio teatral.
Este libro no es una biografía ni un estudio académico, sino algo más difícil de clasificar: el cuaderno abierto de un hombre de teatro que ha convivido con la obra de Federico García Lorca durante décadas y decide iluminar, uno por uno, los momentos en que ese trato dejó huella.
El punto de partida es doméstico. Antes de saber quién era Lorca, el autor ya lo escuchaba en las canciones que su madre entonaba en catalán o en andaluz; después llegaron los discos de recitados que su padre compró, la poesía leída a los doce años, el teatro a los catorce. De ahí nace una figura que el libro nombra sin pudor: no el ídolo ni el objeto de estudio, sino el hermano, el gemelo, el espejo. El autor explica también por qué esa cercanía no tiene nada de esotérico: dirigir consiste, para él, en apropiarse del pensamiento del autor hasta poder respirar con su texto, y con Lorca ese ejercicio le resulta natural.
El relato avanza por estampas. Una conferencia en Alejandría donde el poeta cruza solo la barrera cultural y donde hablar de su sexualidad vacía media sala. Un conserje de la Biblioteca Nacional de Bogotá que confunde al conferenciante con el propio don Federico, y a quien el autor no se atreve a desengañar. Un recital salvado en veinticuatro horas por una actriz llegada de Montevideo, discípula de Margarita Xirgu, que trae consigo una manera de decir el verso transmitida casi en secreto, de maestro a alumno, como el agua que se bebe junto al manantial. Un malentendido con dos kilos de harina que se convierte en leyenda de festival y que sirve para recordar algo esencial: con Lorca hay que reírse, porque la solemnidad es su peor enemiga.
Otros capítulos se detienen en la música como columna vertebral de la escritura lorquiana —el piano, Falla, Bach detrás de una escena que suele tocarse por flamenco, el don de escribir con alma de poeta y mano de músico—; en las dos frases de Doña Rosita y Yerma que, elegidas de urgencia, terminan diciendo más del propio autor que del poeta; y en la Yerma de Núria Espert, Víctor García y Fabià Puigserver, espectáculo que el autor persiguió de ciudad en ciudad y que declara insuperable.
Atraviesa el libro una segunda historia, callada y paralela: la de un tío muerto adolescente en la batalla del Ebro, cuyo nombre heredó el autor y del que solo quedan una fotografía ovalada, tres acuarelas firmadas, una guitarra sin cuerdas y un petate militar hallado en el desván de la panadería familiar. El silencio de plomo de la posguerra española obliga a reconstruir a ese tío con cuatro objetos, igual que a Lorca hay que reconstruirlo con sus cartas, sus dibujos, sus fotos y el testimonio de su hermano Paco.
El tramo más frontal es el que aborda el asesinato. Contra quienes lo reducen a una rencilla de pueblo o insinúan una ambigüedad política del poeta, el autor recuerda los gestos verificables: la defensa escrita de los pobres y de los gitanos, el Concurso de cante jondo que los subió por primera vez a un escenario, los versos del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y la maldición de «Grito hacia Roma». Su tesis es sobria y sin adornos: había mil motivos para querer aquella voz apagada.
Lo que emerge, al final, es un libro doble. Sobre Lorca, porque devuelve al poeta su risa silvestre, su oído musical y su estatura política. Y sobre quien escribe, porque acepta desde la primera página la regla del juego: cuando hablamos de lo que nos conmueve en los demás, estamos hablando de nosotros mismos.
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