Poema didáctico latino del siglo I a. C. en el que Lucrecio expone, en verso, la física atomista heredada de Demócrito y Epicuro: un universo eterno hecho de partículas indestructibles que se combinan y se disgregan según leyes fijas, sin…
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Poema didáctico latino del siglo I a. C. en el que Lucrecio expone, en verso, la física atomista heredada de Demócrito y Epicuro: un universo eterno hecho de partículas indestructibles que se combinan y se disgregan según leyes fijas, sin dioses que intervengan. De esa base extrae su verdadero propósito —liberar al lector del miedo a las divinidades y a la muerte— y una moral austera contra la ambición y las pasiones. La edición se acompaña de un estudio introductorio sobre el autor, su época y su maestro, y de un apéndice con tres cartas de Epicuro.
«De la naturaleza de las cosas» es el poema con el que Tito Lucrecio Caro intentó algo insólito: convertir un tratado de física en materia de verso. Su punto de partida es la doctrina de Epicuro, que a su vez recoge la física de Demócrito. El universo es eterno y está formado por átomos imperecederos; los cuerpos que vemos nacen de sus encuentros y se deshacen cuando esas combinaciones se rompen. Nada se aniquila: todo se transforma. De ese principio único deriva Lucrecio el resto de su sistema, incluida la afirmación de que el alma, hecha de partículas más sutiles pero igualmente materiales, perece con el cuerpo.
La obra no persigue, sin embargo, un fin puramente científico. Lucrecio explica la naturaleza para desmontar el motivo por el que, a su juicio, los seres humanos viven sobresaltados: la creencia de que fuerzas divinas gobiernan cada trueno, cada enfermedad y cada desgracia. Si los fenómenos obedecen a leyes previas y constantes, el temor a los poderes celestiales pierde su fundamento. El poema admite dioses, pero los sitúa en una serenidad inaccesible, indiferentes a los asuntos humanos y ajenos a súplicas, templos y castigos. Es una teología que retira a la divinidad del mundo antes que negarla.
El libro tercero concentra el argumento más célebre: la refutación de la vida futura y del miedo a morir. Contra un más allá que en la imaginación romana prometía sombra y suplicio antes que consuelo, Lucrecio sostiene que la muerte es insensibilidad completa y, por tanto, término de todo padecimiento. El premio y el castigo de las acciones se cumplen en esta vida; el infierno, si existe, es la propia conciencia. En uno de los pasajes de mayor fuerza, la Naturaleza toma la palabra para reprender al que se aferra a una existencia de la que ya ha agotado los placeres, y recuerda que ninguna vida se posee en propiedad: solo se usa, y luego se cede.
De esa física nace también una moral, dispersa por el poema más que ordenada en sistema. Lucrecio defiende la libertad humana y condena cuanto perturba la quietud del ánimo: el afán de riquezas y honores, la lucha por el poder, y sobre todo el amor, cuyos estragos describe con una dureza que excede la advertencia serena de su maestro. Escribió en los años de las guerras civiles, entre Mario y Sila y el desorden que siguió, y el espectáculo de una república que se destrozaba a sí misma se filtra en cada invectiva.
El conjunto está dedicado a Memmio, personaje público de vida agitada y costumbres poco acordes con la doctrina que se le propone, y se abre con un himno a Venus entendida no como diosa del culto oficial sino como figura de la potencia fecunda que sostiene la vida. El propio Lucrecio compara su método con el del médico que unta de miel el borde de la copa para que el niño acepte el remedio amargo: la poesía es el endulzante de una enseñanza que sabía áspera para sus contemporáneos.
Esta edición antepone al poema un estudio biográfico y crítico que reconstruye lo poco que se sabe del autor, discute la tradición sobre su locura y su suicidio, examina el silencio de los escritores de su tiempo pese a las imitaciones evidentes, y sitúa el epicureísmo frente a las demás escuelas antiguas. Cierra el volumen un apéndice con tres cartas de Epicuro que resumen la doctrina expuesta en verso.
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