Reunión de la obra escrita por Ana Gorría entre 2006 y 2016, este volumen agrupa tres conjuntos que antes solo habían circulado en plaquetas de tirada mínima: «El presente desnudo», «La soledad de las formas» y «Un piano silencioso y una…
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Reunión de la obra escrita por Ana Gorría entre 2006 y 2016, este volumen agrupa tres conjuntos que antes solo habían circulado en plaquetas de tirada mínima: «El presente desnudo», «La soledad de las formas» y «Un piano silencioso y una guerra inocente». Del verso desnudo al poema en prosa y de ahí a una secuencia larga de aliento narrativo, el libro traza una indagación sostenida sobre el límite: el del cuerpo, el de la lengua y el de aquello que desaparece mientras se nombra. Se abre con un prólogo de Carlos Piera.
«De la supervivencia» ordena una década de escritura de Ana Gorría y permite leer, por primera vez de manera conjunta, tres libros breves que hasta ahora habían quedado dispersos en ediciones artesanales y de circulación restringida. El resultado no es una antología de piezas sueltas, sino un recorrido con dirección propia, donde cada sección ensaya una forma distinta de acercarse a la misma pregunta.
La primera parte, «El presente desnudo», trabaja con una economía extrema. Son poemas de sintaxis abierta y márgenes irregulares, casi apuntes de percepción, en los que la luz, la escarcha, el vientre o la ceniza aparecen como núcleos mínimos alrededor de los cuales se organiza el sentido. La puntuación cede terreno al blanco de la página, y el lector debe completar los tránsitos: lo que se dice y lo que se calla pesan por igual. Es una escritura de umbral, atenta a lo que ocurre justo antes de que las palabras se fijen.
«La soledad de las formas» cambia el registro hacia el poema en prosa. Piezas breves y densas —«A lo lejos», «Fantasmas», «Desórdenes», «Curvas», «Monadología»— construyen un espacio urbano y mental donde recurren el laberinto, el punto de fuga, la frontera y el paso que se borra. Aquí el cuerpo es a la vez sujeto y paisaje, y el pensamiento avanza por acumulación de imágenes más que por argumento. La prosa gana tensión precisamente porque no se resuelve: cada texto se cierra sin cerrarse, dejando la frase suspendida sobre su propio vacío.
La tercera sección, «Un piano silencioso y una guerra inocente», es la más extensa y la de respiración más amplia. Se despliega como una secuencia continua en la que una voz —caída, vigilante, consciente de su caducidad— habla desde un imaginario de neón, lluvia, rascacielos y máquinas, en diálogo abierto con la ciencia ficción y con el motivo del ser fabricado que se interroga por su propio origen. Aparecen la orfandad, la pregunta dirigida al padre, la memoria inventada de una infancia que no fue, la música como hilo que une y desune, y un tiempo que avanza hacia su término. El poema se convierte allí en el lugar donde se examina qué significa persistir cuando todo alrededor se desvanece.
Recorre el conjunto una misma tensión, que el prólogo de Carlos Piera identifica con precisión: la de un lenguaje que solo puede detenerse señalando un límite, y que en ese gesto nos devuelve una imagen inestable de nosotros mismos. De ahí el título. La supervivencia que da nombre al libro no es heroica ni consoladora: es la del que respira contra lo que desaparece, la del que descubre que decir duele y sigue diciendo. Una obra exigente y despojada, escrita en el filo entre la percepción y el nombre.
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