Reunión de poemas breves, de voz conversacional y raíz porteña, donde lo cotidiano —un café que se bebe despacio, una lámina enmarcada en un cuarto de hotel, un afiche mojado por la lluvia, un triciclo que cruza el patio— funciona como…
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Reunión de poemas breves, de voz conversacional y raíz porteña, donde lo cotidiano —un café que se bebe despacio, una lámina enmarcada en un cuarto de hotel, un afiche mojado por la lluvia, un triciclo que cruza el patio— funciona como umbral hacia el asombro, la memoria y la pérdida. El libro alterna composiciones desarrolladas con aforismos de dos o tres versos que operan como bisagras, y sostiene un tono sereno incluso cuando nombra la soledad, el insomnio o la muerte. Un prólogo de Laura Germano abre el volumen con la escena de un lector desconocido que devuelve al autor, años después, la huella de su propia palabra.
Hay libros de poemas que buscan el vértigo en lo remoto; este lo encuentra a la altura de la mesa de un bar. Su programa está enunciado casi al comienzo, en cuatro versos que funcionan como declaración de método: se puede volar un poco, sólo un poco, porque lo que hay que ver está aquí abajo. De esa decisión nace un conjunto de textos atentos a las cosas menores —una taza, una repisa, una alcantarilla, un aromito detrás de la ventana— que se revelan cargadas de tiempo apenas alguien las mira con la suficiente insistencia.
Buenos Aires es escenario y también materia. Aparece en la liturgia del café compartido, donde el silencio previo alinea el corazón con el cerebro y los ojos del amigo se vuelven, por un instante, los ojos de Dios; y reaparece transfigurada en una profecía anfibia, sumergida bajo un río crecido, con ahogados que navegan entre las torres y un mundo que de pronto pesa menos. Esa oscilación entre la ciudad íntima y la ciudad imaginada da al conjunto buena parte de su respiración.
El registro es despojado y de sintaxis clara, con una ironía que nunca se vuelve sarcasmo. Un hombre alquila unos metros de soledad en un hotel y desaparece dentro de un paisaje pintado; otro entra al supermercado como a un templo y mastica dioses enlatados con gusto a soledad casi perfecta; una pasión anónima se cumple entre el patio, el camastro y la promesa de resucitar mañana. La memoria, aquí, no es nostalgia declamada sino mecánica precisa: la mirada golpea un objeto como una piedra arrojada por un niño y el objeto estalla en fechas, en nombres, en despedidas, hasta que vuelve a quedar solo, resistiendo su ingreso en el olvido.
Entre los poemas extensos se intercalan piezas mínimas que condensan el libro entero en un gesto: la sombra del grillo es otro grillo mudo, y no hay sombra para el canto; el espacio entre dos objetos también es un recuerdo; quien habla se reconoce mal cartógrafo de sí mismo, con las fronteras corridas hacia adentro. Junto a ellas conviven los homenajes y las filiaciones —un gato blanco y célibe que viaja hacia el Ganges tras la voz de su dueño, un Hölderlin que ve el mundo a través de una extraña transparencia, un Tarzán de infancia gritado de árbol a árbol— que trazan el mapa afectivo de una biblioteca y de una edad.
El volumen se cierra del lado de la luz: el sueño defendido contra la lucidez mecanizada y las estadísticas perfectas, el amanecer que apenas llega al borde de las manos, la mañana amotinada que decide no nacer, y unas instrucciones domésticas para fabricar un ángel con plumitas de nidos vacíos, porque no hay ángel mejor que el hecho en casa. Prologado por Laura Germano, el libro se ofrece con esa conciencia explícita de su destino: palabra frágil que empieza a andar sin saber en qué bolsillo, en qué rincón ajeno, terminará posándose.
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