Último curso de bachillerato en un pueblo grande a las afueras de Madrid. Nadia deja la casa donde creció y los recuerdos de su padre para mudarse con el nuevo marido de su madre y el hijo de este.
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Último curso de bachillerato en un pueblo grande a las afueras de Madrid. Nadia deja la casa donde creció y los recuerdos de su padre para mudarse con el nuevo marido de su madre y el hijo de este. A su lado, Olivia sobrelleva una casa hostil y Narella escribe en su cuaderno rojo lo que no se atreve a decir. Entre fiestas, deseos y despedidas, tres amigas muy distintas descubren que hay muchas formas de querer y que la libertad propia no se negocia.
Hay una buhardilla de paredes celestes con una claraboya por la que se cuelan las estrellas. Allí Nadia miraba el cielo con sus amigas y allí sigue viva la memoria de su padre, muerto de cáncer tres años y medio atrás, cuyas cenizas alimentan las raíces del melocotonero del jardín. Ahora su madre, Claudia —vegana, alternativa, convencida de las almas gemelas—, va a casarse con John, y la mudanza tiene fecha. Nadia sonríe para que la vida siga avanzando, aunque por dentro solo repita que no está preparada: ni para dejar la casa, ni para compartir techo con Ian, el hijo de John, bromista, arrollador y demasiado cerca.
Alrededor de ella se sostiene un trío improbable. Olivia despierta cada mañana entre gritos, con un padrastro que humilla y amenaza, y encuentra en la calle y en la pandilla el aire que su casa le niega; está colada por Ian y no lleva bien verlo pendiente de su amiga. Narella, criada en una familia religiosa, escribe relatos en un cuaderno rojo gastado, espera mensajes de Álex y quiere a unas amigas que no comparten ni su fe ni su música. Son distintas hasta lo inverosímil, y precisamente por eso funcionan.
En paralelo se cruza Hazel, recién salido de la cárcel y de vuelta al pueblo que no piensa abandonar, sin familia que lo acoja y sin trabajo posible: un chico que vive el amor sin esconderse ni encerrarse, y que arrastra la historia inacabada de Wilson, atrapado en una relación cerrada que no le sirve. Una noche cualquiera en El Wud —un antro diminuto, ruidoso y entrañable— basta para que todas esas vidas se rocen: cervezas, música alta, besos en la pista, un encuentro rápido en el baño y una mirada que se queda demasiado tiempo puesta en la chica del vestido prestado.
May R. Ayamonte construye una novela coral de voz cercana y diálogo vivo, donde el duelo convive con la risa y el deseo se narra sin culpa. El curso que empieza traerá relaciones abiertas y exclusivas, primeras veces, decisiones sobre el futuro y la incómoda tarea de ordenar recuerdos en cajas de cartón. Entre todo eso, tres amigas aprenden que amar admite muchas formas, que nadie tiene derecho a decidir por ellas y que empezar a comerse el mundo duele tanto como sabe bien.