Relato autobiográfico de un corredor español que pasó de ser un niño con sobrepeso y una rodilla rota a completar algunas de las pruebas de resistencia más exigentes del planeta.
Descargar
Relato autobiográfico de un corredor español que pasó de ser un niño con sobrepeso y una rodilla rota a completar algunas de las pruebas de resistencia más exigentes del planeta. Entre la crónica deportiva y la reflexión personal, el libro reconstruye la travesía del Marathon des Sables, el salto al triatlón de larga distancia y las carreras por el desierto de Atacama, sin ocultar las horas de duda, el dolor físico ni el impulso solidario que acabó dando sentido a cada kilómetro.
Hay una escena que condensa el libro entero: la cuarta jornada del Marathon des Sables, ochenta y dos kilómetros de arena, un frontal averiado, los pies sin uñas y una pregunta repetida como un mantra en mitad de la noche del Sahara: ¿qué necesidad tengo de estar aquí? El autor no responde de inmediato. Deja que la respuesta se vaya construyendo capítulo a capítulo, del mismo modo en que se construyó su propia transformación.
El punto de partida está en las antípodas de la meta. Un adolescente que pesaba ochenta y seis kilos a los catorce años, disléxico, tímido hasta el pánico escénico, que se escondía tras unos arbustos cuando el entrenador mandaba correr y que en el test de Cooper calculaba de antemano el mínimo exacto para aprobar. Lo que cambia el rumbo no es una revelación ni una promesa de Año Nuevo, sino un accidente: una rotura de ligamento cruzado en un partido universitario y la recomendación médica de fortalecer el cuádriceps. Veinte minutos de cinta, tres días por semana. De esa obligación terapéutica nace, casi sin que él lo advierta, un hábito; del hábito, una identidad.
El libro avanza por etapas reconocibles para cualquiera que haya cruzado una línea de meta y también para quien nunca lo haya intentado: un maratón improvisado con dos partidos de fútbol la víspera y un paquete de galletas por desayuno; el muro del kilómetro treinta, contado sin épica y con la mandíbula apretada; el reportaje televisivo que siembra la idea del desierto; el clic impulsivo en un formulario de inscripción que la cabeza fría estaba a punto de cancelar. Después llegan el Ironman, Atacama, Canadá, el ultraman, y un año de luces y sombras que el autor no maquilla.
Lo interesante es que correr acaba siendo lo de menos, y el propio texto lo admite. Lo que sostiene la narración es una tesis sencilla y machacona: la voluntad se entrena igual que las piernas, la zona de confort dirige la vida de forma inconsciente y los objetivos rara vez fallan por imposibles, sino por impacientes. Hay cálculos domésticos sobre las horas que se escapan al año entre pantallas y trayectos, hay renuncias reconocidas a medias, hay errores logísticos —bidones perdidos, barritas de plátano hasta el hartazgo— narrados con humor.
Y hay, sobre todo, una segunda línea que atraviesa el volumen y que el prólogo subraya: el vínculo con la infancia vulnerable. La dedicatoria a Bouba, el viaje a Burkina Faso, la camiseta prometida, la disposición a apuntarse a una lista de espera para ayudar en una emergencia sanitaria. Las carreras de autosuficiencia, donde nadie pregunta de dónde vienes ni cuánto ganas, funcionan aquí como metáfora de esa igualdad buscada. El resultado es un testimonio sin coartadas heroicas, escrito por alguien que insiste en que no despertó un día siendo otro: el camino fue largo, y esa es precisamente la parte que merece contarse.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.