Un edificio de dieciocho pisos, bautizado con grandilocuencia «El Palacio», sirve de escenario a un mosaico de vidas superpuestas. Piso por piso, la novela retrata a un portero insomne, un matrimonio acomplejado por su posición social, un…
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Un edificio de dieciocho pisos, bautizado con grandilocuencia «El Palacio», sirve de escenario a un mosaico de vidas superpuestas. Piso por piso, la novela retrata a un portero insomne, un matrimonio acomplejado por su posición social, un periodista trepador, una anciana recién fallecida cuyo apartamento queda habitado por objetos y recuerdos, una familia en pugna doméstica, una mujer sorda que vive absorta en su propio silencio interior, un hombre que se pierde en la ciudad antes de reencontrarse en su portal, una tertulia política entre vecinos y una mujer gorda que sueña con ser vista de otro modo. El edificio funciona como columna vertebral de la obra: cada planta es un microcosmos con su propia voz, sus manías y su soledad, unidos por la estructura común que los contiene y por el sereno que vigila sus noches.
La obra se organiza como un recorrido vertical: cada capítulo corresponde a un piso del edificio «El Palacio» y a los personajes que lo habitan, construyendo un retrato coral de la vida urbana a través de sus rutinas, manías y desengaños.
En la planta baja vive Gumersindo, el sereno, un hombre agotado por la pérdida de su esposa y por un cansancio que no es físico sino existencial; su vigilancia nocturna abre la novela con una reflexión sobre el miedo, el tiempo y la insignificancia. En el primer piso, los Mercantino sienten literalmente el peso del edificio sobre sus cuerpos y su estatus social, conscientes de ser inquilinos y no propietarios. En el segundo, Raimundo Pocatierra, periodista ambicioso y cínico, cultiva relaciones e informaciones con la esperanza de «llegar a ser alguien», valiéndose de las confidencias que le proporciona el propio Gumersindo. El tercer piso queda vacío tras la muerte de su dueña, y son los muebles y objetos —testigos silenciosos, casi personajes por derecho propio— quienes heredan la narración, meditando sobre la ausencia y el paso del tiempo. En el cuarto piso, el matrimonio Armendáriz sostiene una convivencia hecha de frustraciones compartidas y pequeñas victorias sociales frente a otros vecinos. El quinto piso pertenece a Martina Salvapuente, una mujer sorda para quien el silencio exterior ha desatado un mundo interior saturado de voces propias. En el sexto, Arturo Albacerro se extravía una tarde en la ciudad, presa de una crisis de identidad que sólo se disuelve al reconocer la fachada de su edificio. El séptimo piso reúne una tertulia de vecinos de distintas nacionalidades que debaten, entre tragos, sobre democracia, dictadura y el desgaste de las ideologías. Y en el octavo, Carmelina enfrenta su cuerpo y su soledad con una mezcla de resignación y esperanza de ser amada más allá de las apariencias.
A través de esta estructura fragmentaria pero cohesionada, la novela indaga en la fragilidad humana, el peso de las convenciones sociales y la manera en que un mismo edificio puede alojar mundos enteros que apenas se rozan entre sí.